He querido iniciar el presente artículo con esta frase atribuida a Nicolás Maquiavelo, que supuestamente la había registrado en su obra ‘El Príncipe’, pero que en realidad fue escrita por Napoleón en la última página de un ejemplar del libro mencionado, y que era como una síntesis de lo que el emperador había entendido del escrito. Fuera como haya sido su origen, esta frase encierra una filosofía cruel, la cual ha sido puesta en práctica por infinidad de demagogos, quienes han fungido como nuestros gobernantes. No es ajena a la ciudadanía la odiosa y deplorable práctica por parte de muchos oportunistas, quienes se han dedicado a ofrecer lo que sea, con tal de obtener los votos y ganar el puesto.
La presente lid electoral no ha estado exenta de esta práctica. La gran cantidad de aspirantes a los diferentes cargos, ha hecho que en el ‘mercado electoral’ se sobrecargue en demasía la oferta, que en este caso son los candidatos para las diferentes dignidades, debiendo la demanda, es decir los electores, escoger entre infinidad de opciones. Como sucede en todo mercado, los ofertantes han debido recurrir a innumerables mecanismos y artimañas, incluso las más inverosímiles, para vender su ‘ideología’ a los ciudadanos. Cientos de ofrecimientos irrealizables han pululado por allí, cada uno más tentador que otro, pero ninguno de ellos ha resistido los análisis lógicos y técnicos que muchas personas le han hecho, por lo que han sido desenmascarados por inconsistentes.
Desde la creación de cuentas falsas con las que se ha desprestigiado al contrincante, pasando por discursos demagógicos que han prometido hacer de Latacunga y Cotopaxi, por arte de magia, un emporio cultural, económico y turístico sin precedentes, hasta la manipulación de encuestas, han sido los instrumentos que los señores candidatos han utilizado. Esto ha demostrado que a ellos no les interesa la manera en cómo llegar a cumplir su propósito, sino que sólo les importa el resultado. Será entonces asunto de la calidad de la campaña deshonesta para conocer a nuestras futuras autoridades, o del tamaño de la promesa imposible de cumplir, para otorgar el triunfo a algún candidato.
Esta situación no es tan simple como se pensaría, ya que alguien pudiera decir que con tal de no darle nuestro voto al farsante, todo hallaría su solución, pero la verdad es que se ha demostrado que aún se manejan miles de dólares en la política. Claro que ese tránsito financiero se da tras bastidores, debido a que el CNE impide que se hagan estos gastos millonarios, pero, como se ha demostrado con estas campañas ‘sucias’, muchos pasan por encima de la ley, y han desembolsado una gran cantidad de dinero desde sus chequeras, aún sin poderlo legalmente.
Lo peor de esto es que, debido a la gran cantidad de aspirantes, quien gane la elección gobernará con el mínimo de apoyo, pues en el caso de Latacunga, el electorado se repartirá entre los 14 candidatos a alcalde, 10 a prefecto y cientos a concejales. Aquí viene otro problema, ya que la abrumadora participación de candidatos y las tendencias electorales de muchos de éstos, que nunca han despegado, ha demostrado que algunos decidieron participar, solamente para debilitar el voto de los oponentes fuertes. Esto no es sorpresa, porque la herramienta en mención ha sido de viejo uso, y ha servido sólo para restarle legitimidad al ganador y poder así hacerle una oposición agresiva.
El fin justifica los medios, esta ha sido una práctica horrorosa que ha venido siendo parte de nuestra política, y que sería ideal desterrarla, pero la verdad es que está demasiado enraizada en nuestra cultura, que muchos la consideran normal y hasta se han familiarizado con ella. Lo más peligroso de esta situación es que lo que está en juego no es sólo un puesto de elección popular, sino el futuro de nuestra sociedad, pero muy pocos logran comprender la trascendencia de la actividad política y es por ello que a veces terminamos dándole el poder a alguien quien no lo merece, ni de lejos…
CONTINUARÁ…(O)