Escribo estas líneas el 28 de junio del 2021, 52 años después de los Disturbios de Stonewall en los cuales el abuso policial en una marcha de reivindicación “de los gays”, dieron origen al denominado “Día Internacional del Orgullo GLBTIQ+” que se celebra año tras año, 24 años después de la despenalización de la homosexualidad en el Ecuador y algo más de 2 años luego de que la Corte Constitucional viabilizará el matrimonio entre parejas del mismo sexo a través de dos Sentencias Interpretativas.

Sin embargo esos períodos de tiempo no suelen decir nada si no se los entiende en contexto, ya que si bien no existen estadísticas respecto al suicidio en el América Latina, varios estudios han colegido que “el 40% de las lesbianas considera el suicidio frente al 19,6% de las mujeres heterosexuales, mientras que, de los hombres homosexuales, el 25,5% considera el suicidio en comparación con el 10,6% de los hombres heterosexuales”, es decir que 1 de cada 2 mujeres lesbianas ha considerado a lo largo de su vida suicidarse frente a 1 de cada 5 mujeres heterosexuales, mientras que 1 de cada 4 hombres homosexuales también lo han hecho, versus 1 de cada 10 heterosexuales, es evidente que tener una preferencia sexual distinta y ser objeto de bullying o acoso por parte de sus allegados hace que el colectivo GLBTIQ+ tienda en muchísima más proporción al suicidio que cualquier otro grupo humano.

Imagínese la vida en una sociedad como la ecuatoriana, conservadora “de estirpe” y sí, un tanto machista, para un adolescente de 13 o 14 años que, en la ebullición de su sexualidad, empieza a verse atraído por uno de sus compañeros de clase y no por la niña bonita que todos idolatran, póngase estimado lector un momento en sus zapatos, no puede contárselo a sus padres porque siente que pueden echarlo de casa, ni a sus amigos porque podría ser objeto de marginación, ni al chico “que le gusta” porque podría ser víctima de violencia psicológica e incluso física para “mostrar su hombría” escalofriante, ¿verdad?

Del mismo modo, le pido ahora que piense en varios de los siguientes “famosos”: Sócrates, Platón, Alejandro Magno, Julio César, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, William Shakespeare, Oscar Wilde, Federico García Lorca, Frida Khalo o Chabela Vargas, sin duda me dirá que todos han sido baluartes de la humanidad y la cultura, pero ¿Sabía Usted que todos ellos pertenecían al colectivo GLBTIQ+?

Penosamente se ha puesto en entredicho la posibilidad de que la comunidad GLBTIQ+ “conviva” con la sociedad sin incidentes, se ha pedido a hijos e hijas de familia que oculten sus preferencias sexuales, se han concertado matrimonios para desviar la atención, se ha dicho que no se hable en el “te de señoras” de este tema porque no es correcto, pero nadie se ha dado cuenta que la preferencia sexual de una persona no le da ni le quita, Alejandro Magno y Julio César fueron los conquistadores que recordamos siendo bisexuales, ni perdieron fuerza ni ganaron sapiencia siéndolo, ni Wilde ni García Lorca habrían escrito peor siendo heterosexuales, ni Da Vinci habría inventado más siéndolo.

El ser humano debe ser visto en su integridad, como parte de la fabulosa creación de Dios, según sus valores, cualidades, talentos y don de gentes, la raza, el color del cabello, el tener o no tatuajes, el idioma natal, la profesión, la preferencia sexual, la identidad sexo-genérica, el lugar de nacimiento, los gustos musicales o los antojos gastronómicos, son simplemente complementos; uno es bueno siendo gay, bisexual, lesbiana, transexual, travesti, transgénero, queer, asexual, pansexual, demisexual, no binario o heterosexual, pero puede ser malo también siéndolo y esa gente mala, la que hace bullying, la que menosprecia, la que acosa, es la que hace que dentro de un clóset te preguntes “el orgullo o la vida”, porque pueden llegar a matarte por ser quien eres. (O)