En alguna ocasión pude observar el trabajo pictórico de Miguel Varea dentro de una de las publicaciones que las realizaron, no recuerdo si fue en una revista o periódico de la capital. Debo confesar que no me llamó la atención en primera instancia, ni siquiera por su arte.

Sin embargo, en este obligado aislamiento con mucho pesar leí la noticia de su fallecimiento, acontecimiento que me produjo mayor curiosidad por cuanto relataba la información en sus líneas iniciales que tenía ascendencia latacungueña, y claro por supuesto por sus apellidos denotaba ese particular.

Por ventaja, hoy en cualquier buscador o plataforma se puede ubicar a las personas o situaciones, así como su trayectoria, y lo encontré en visualizaciones, una con la cuencana Rosalía Arteaga, y la otra, conjuntamente con su compañera y cónyuge Dayuma Guayasamin, en un diálogo con Francisco Rocha, en un programa de Radio Democracia.

Una de las frases que me impactó a la pregunta de sus interlocutores fue cuando manifestaba, si bien nació en la ciudad de Quito, a él le hubiese gustado nacer en Latacunga, una ciudad muy hermosa; aunque en uno de los reportajes, decía que el motivo por el cual posiblemente salieron sus padres de nuestra ciudad es porque “no había qué hacer”.

Más allá de su obra pictórica que data de hace cinco décadas aproximadamente, quería referirme al sentimiento de latacungueñidad que se infiere en esas dos alocuciones, donde salen vicisitudes muy cotidianas de nuestra ciudad, sus alrededores y familias.

El tono de nuestro hablado es muy particular, ustedes pueden imaginarse la conversación de Rosalía Arteaga y Miguel Varea, con sus expresiones idiomáticas, propias de cada localidad, el arrastrado de la “rr”, el cantado del sur, las formas gesticulares de admiración ante situaciones nuevas o desconocidas, hasta las poses con lo que se enfrenta a las interrogantes.

No soy un experto en artes, peor aún en pintura ni aún en estilos, grabados; solo admiro y tengo particular inclinación a lo fuerte, al color, aunque la plumilla debe ser una técnica extraordinariamente difícil, ya que solamente, me hago la idea de que Miguel Varea trazaba en su cartulina o boceto miles de líneas para dar sombras, resaltar siluetas, generar hasta figuras o movimientos; realmente es impresionante o como el artista define lo extraordinario: “bestial”, “salvaje”.

Tampoco soy un erudito en las obras literarias, pero el haber fundido el dibujo con la escritura única es realmente admirable, la utilización de la letra “K”, y la forma de redondear ideas, debía provenir de una persona que se reinventaba, que nunca agotó su creatividad.

Pude ver la antesala y el montaje de la exposición “La gota Ke derramó el vaso”, donde desde el primer momento que delinea y recorta el metal, es verdaderamente maestro, pero esa fusión con Dayuma es más impresionante, me imagino las profundidades de sus conversaciones.

Devela la relación con el “Guayas”, su suegro Oswaldo Guayasamín, de quien no existía recuerdos satisfactorios, por cuanto su relación sentimental originó hasta problemas legales por la minoría de edad de su esposa, cuando contrajeron nupcias.

Los apellidos de la familia del pintor son muy recurrentes en mi memoria histórica, por cuanto nací y crecí de niño en la calle Juan Abel Echeverría entre Sánchez de Orellana y Quito, precisamente donde hoy se erige la imprenta “Gutenberg”, que lamentablemente derrocaron el inmueble para dar paso a una edificación moderna, vecino de la familia Ramos de la funeraria, así como de los Olmos, que fabricaban cometas, vendían cangos de hilo, etc., de las señoritas Gallardo, de los Egas, donde se levantó un garaje para vehículos y se derrocó una casa restaurada.

La tienda esquinera de la Conchita Estrella o la casa del ilustre poeta Juan Abel Echeverría, familia Quevedo que tenían una carnicería o Jiménez, quienes además tenía los denominados “futbolines”, a la época poderoso vicio más que la marihuana.

Todo este acontecer y decenas de familias latacungueñas, recordaron en un instante cuando pude contemplar la entrevista de Miguel Varea Maldonado, admirar lastimosamente posmortem su verdadero potencial y uno de los legados de humildad, cuando relata que uno de sus cuadros regaló a un indígena de Alpamalág, convirtiéndose en un orgullo que le haya pedido; aunque luego pudo percatarse de que la utilizó para hacer una división en el inmueble de este sector indígena.

Siento vergüenza no haber podido admirar su obra en vida del artista, pero lamento y tal vez me encuentre equivocado, en el sentido de que nuestras autoridades no rescataron su valor a tiempo, aunque no haya nacido en esta ciudad, siempre reconoció a nuestra ciudad como su origen, por la incidencia de sus padres y demás familiares.

En esto hay una razón absoluta, tener entre sus familiares a destacados juristas, médicos que se codeaban inclusive con el eximio médico español Gregorio Marañón, o investigadores de las áreas científicas más importantes.

No solo fue su estilo pictórico, fue su frontalidad, pero además extrema humildad, ya que en los niveles que se manejaba jamás puedo observarse pedantería o arrogancia, ratifico: no le conocí en persona, pero sus diálogos sinceros cautivaron mi atención, admiración y respeto.

Su locura, su aislamiento social, su repugnancia a los politiqueros, su escepticismo en la democracia y sentirse un provinciano, realza su personalidad, de la cual ojalá nuestros historiadores y autoridades puedan ubicar su nombre en el sitial que merece.

Paz en su tumba.(O)