La revolución cubana, capitaneada por Fidel, fallecido ya anciano, llegó al final del siglo XX en estado vegetativo y con pronóstico terminal, de la mano del nuevo e incondicional amigo de la revolución, el comandante Hugo Chávez Frías, que siguiendo fielmente la hoja de ruta establecida en el Foro de Sao Paulo accedió al poder por las urnas, dejando las armas en estado pasivo.
La emoción desbordante por el triunfo logrado se sumió en serios conflictos de conducción del Estado, ante la ausencia de un modelo político que no fuera el comunismo, que había quedado para la historia y era innombrable en el nuevo milenio. Hasta que el comandante, que ya tenía aires de emperador, encontró una novela socio política escrita por el alemán-mexicano Heinz Dieterich Steffan, denominada Socialismo del Siglo XXI, inspirada en Karl Marx.
Raudo y veloz, Hugo lanzó al mundo su más profunda demostración de intelectualidad declarando a ese ensayo como el “libro rojo” de su “Revolución Bolivariana” que había nacido para apropiarse de la espada del Libertador y continuar la obra inconclusa de Fidel, con la desinteresada compañía de Raúl y su destartalado ejército de compañeritos que cuidaban sus espaldas. El V Foro Mundial en 2005 fue el escenario donde alumbró este hijo adoptado y retaceado con ideas de Lenin, Trotsky y hasta del Socialismo Cristiano, marcado por el Marxismo y Comunismo.
Catorce años más tarde, el modelo genocida fracasado, aferrado al poder del país más empobrecido del continente, donde campea la inseguridad, el hambre, la desnutrición, la enfermedad, la corrupción, el desastre económico y todo lo que cualquier ser humano soñaría con erradicar, comandado por el hombre de confianza del fenecido comandante, ha llegado a su etapa terminal. Los signos vitales de la otrora valerosa República del Libertador, apenas son perceptibles, que se mantiene viva gracias al espíritu indomable del pueblo marginado. La corrupción se ha llevado todo menos la esperanza de volver a la vida institucional, a la paz y la convivencia democrática para buscar días mejores para sus hijos.
La Asamblea Nacional de Venezuela, elegida con amplia mayoría opositora en los últimos comicios creíbles, designó a Juan Guaidó como su presidente en enero 2019. Amparado en la Constitución y considerando que Nicolás Maduro terminó su último mandato, mundialmente cuestionado por falta de transparencia, sin que se hayan realizado comicios que garanticen la voluntad popular en 2018, Guaidó se proclamó “presidente encargado” con la obligación y el compromiso de convocar a elecciones libres para elegir al presidente que debe asumir un nuevo mandato.
El pueblo venezolano ha buscado de forma pacífica la salida a la crisis que ha llevado al país a un estado deplorable, que amenaza la sobrevivencia de la propia República, sin haberlo logrado. Los líderes de oposición han sido asesinados, expatriados, silenciados, encarcelados. El pueblo ha sido masacrado ante la impavidez del mundo que no ha pasado de críticas sentidas que no han generado cambios de ninguna naturaleza.
Pero ha llegado la hora final del Estado genocida, de la Revolución responsable de la miseria de un pueblo que por noble ha resistido en paz mientras no se han apagado sus vidas. Maduro dejó de ser presidente ilegítimo el 10 de enero de 2019. El pretendido nuevo mandato no se sustenta en un proceso democrático libre y por tanto carece de legitimidad. La Constitución prevé que el presidente de la Asamblea asumirá el poder de forma interina y convocará a elecciones para presidente. Así debe proceder Guaidó y los países de la región deben actuar de garantes de este proceso. ¡ADIÓS SOCIALISMO DEL SIGLO XXI! (O)