Emprender no es para cualquiera, no basta con tener una buena idea, también implica una tremenda dosis de tenacidad y esfuerzo. Y es que la travesía de un emprendedor resulta siempre cargada de experiencias buenas, malas e incluso dolorosas. La independencia, la posibilidad de hacer una actividad con pasión y el ser jefe propio sin duda son la recompensa, pero el precio es alto. Porque, aunque el emprendedor entregue todo de sí, también hay situaciones que no están en su control.

La suerte del emprendedor depende no solo de sus acciones sino también de las decisiones gubernamentales y la realidad económica del país. Los emprendimientos significan un aporte importante en temas de generación de empleo e incremento de productividad, se entendería que deben ser protegidos, apoyados y considerados como prioridad de los gobiernos locales. Desgraciadamente la realidad es otra, al menos en nuestra ciudad, se considera a los emprendedores como fuente segura de impuestos.

En el sector turístico por años TODAS las administraciones han dicho que Latacunga tiene potencial, pero más allá de los discursos pomposos y las promesas de campaña la realidad es tristemente catastrófica. Los gobiernos locales de turno han ejecutado remedos de obras y han justificado su ineficiencia debido a los presupuestos limitados, mientras que hay cosas que no cambian: la burocracia, los trámites rigurosos, la falta de coherencia en los permisos y las largas esperas, independientemente de la administración, siguen siendo un dolor de cabeza para los emprendedores.

El sector turístico ha pasado un sinnúmero de altibajos SOLO y desamparado. No fue suficiente con el cambio de alerta del volcán Cotopaxi, el estallido social, ahora una pandemia atenta contra lo poco que les queda. Para rematar, nuevamente los gobiernos locales les dan la espalda y en el afán de recibir sus impuestos exigen otra vez la obtención de permisos con su pago respectivo.

Es en este punto donde surge la gran pregunta para un emprendedor ¿Vale la pena ser legal?  Si pensamos fríamente, el hacer las cosas bien al obtener permisos implica una serie de trámites, una sucesión de papel tras papel, largas esperas y ahora incluso pagar más impuestos. ¿Cuál es la recompensa para los emprendedores que deciden ir por el camino legal? Lamentablemente, además de los malos ratos y la inversión de tiempo, paciencia y dinero: NADA.

Para rematar la mala racha del emprendedor, el comercio informal aparece con ofertas mucho más tentadoras, ya que al no pagar y cumplir con tanta tramitación, puede darse el lujo de bajar sus precios. La contienda sin duda es desigual.

Mi punto no es atacar a quienes han emprendido en el sector informal, la falta de trabajo y la crisis económica son razones más que suficientes para lanzarse a emprender y no necesariamente por vocación sino por necesidad. Pero siendo objetivos parece que resulta más conveniente ser informal, ya que más allá de las amenazas de control se evita el pago de impuestos y por supuesto se ahorra el suplicio anual de obtener permisos. Quizá por ello hay cada vez más personas que se desenvuelven en el ámbito informal.

Es evidente que los gobiernos locales y sus respectivas instancias se han equivocado en su estrategia, si tanto anhelan que los emprendedores cumplan con sus obligaciones. ¿Qué están dando a cambio? ¿Cuál es la motivación para que los establecimientos turísticos se legalicen? Es un tema de no solo exigir, sino también de dar algo a cambio. Si las ventajas fueran mayores con relación a lo que gana un informal, si hubiera de por medio trámites ágiles, capacitación, asesoría, créditos y herramientas que los ayuden a crecer, seguro habría más interesados en legalizarse.

Por desgracia, hasta que las autoridades abran los ojos y tomen conciencia, el suplicio del emprendedor sigue. Termino este artículo con el sentir de un emprendedor latacungueño, que a pesar de las dificultades se ha mantenido en pie, que quiere hacer las cosas bien y que siente la falta de respaldo de las autoridades. Quizá su parecer sea el de muchos otros emprendedores.

“¿Qué pasa con quienes queremos hacer las cosas bien? Los que respetamos el aforo, los horarios, aguantando que a veces incluso se enojen los clientes, los que pagamos año tras año los permisos… Los que nos preocupamos por cada año invertir en la mejora de nuestro local, mientras nos categorizan sin fundamento y coherencia. Solo para cobrar más… Porque, aunque tengas el local íntegro, siempre salen con nuevas cosas… Qué pena que a los que queremos una ciudad y una provincia mejores nos tengan siempre de los tontos útiles… ¿Para qué sirvieron las capacitaciones en época de pandemia?… Solo para pegar un sticker fuera de los locales.. Y eso fue todo.. ¿De qué control estamos hablando si aparecen locales abarrotados a vista y paciencia de las autoridades? Pero ya nada, estamos solos en esta historia”. (O)