Luego de cumplir un año perdido por cuenta del desconocido corona virus, la batalla continúa y seguimos sometidos a la incertidumbre que nadie puede disipar, pues la esperanza de contar con la vacuna en cantidad suficiente para inmunizar a toda la población, parece alejarse en medio de escándalos que afloran desde los círculos políticos y la interminable lista de países que ejercen influencia directa sobre los fabricantes, para ser privilegiados en atención.

A esta inestabilidad que merma la escuálida economía ecuatoriana, se suma la elección de asambleístas que superamos con grandes sorpresas y la elección de un mandatario que lidere la patria hacia la salida de la crisis de salud, económica y social. Este inoportuno evento democrático en medio de la pandemia, distorsiona la voluntad popular, pues los electores se valdrán del voto para expresar su repudio a la corrupción, desgobierno, ausencia de valores e indolencia de la clase política, que hemos vivido dramáticamente en estos últimos años.

Este entorno es el más apropiado para que germine la semilla del populismo que está siempre latente en los tugurios, las zonas empobrecidas, la población desempleada y desengañada, es decir en el espíritu de cada ser humano que se siente inconforme con su suerte. Así es como se gestan las “revoluciones demagógicas” que emergen de las entrañas de los ambiciosos y frustrados politiqueros, que no escatiman recurso alguno para llegar al ansiado poder y permanecer en él “per sécula seculórum”. Estos personajes que Dios cría y ellos se juntan, acechan desde la oscuridad para lanzarse sobre el pueblo angustiado en el momento preciso, ofreciendo bajarle el sol y las estrellas a cambio del votito.

No existe nación ni modelo económico que se libre de ser atacado de forma simultánea por varios flancos. Evidencias de esta estrategia podemos encontrar en Latinoamérica a partir de la declaración del “Foro de Sao Paulo”, corregido y aumentado por el “Grupo de Puebla” para acceder al poder por las urnas, a diferencia de la estrategia del siglo pasado de hacerlo por las armas. Esa hoja de ruta es la que guía los pasos de los elegidos para liderar la toma del poder en los países que han caído en las garras del Socialismo del Siglo XXI, que nada tiene de Socialismo, sino rezagos del proyecto castrista fracasado, adaptado por mercantilistas políticos a las estrategias comunicacionales del presente.

Así se explica la lógica de poner el dedo en la llaga de las grandes mayorías que desesperan por salir del estancamiento, la pobreza, la falta de oportunidades, educación, salud, seguridad y en definitiva el cobijo de un Estado que dice no tener dinero, pero que generosamente resuelve el futuro de sus gobernantes y sus descendientes. No hay oficio más lucrativo en el mundo, que además no exige méritos ni calificaciones. Basta la capacidad de avivar las laceraciones que lleva el incauto ciudadano, que no teniendo nada que perder se enfrenta a la disyuntiva de apostar con su voto a las ofertas tentadoras de pan para hoy y hambre para mañana o poner la mano en el corazón y apostarle al futuro sostenible y sustentable para sus hijos. La angustia es engañosa.

Ecuador es un pequeño hermoso país que tiene todo lo necesario para ser próspero, donde se puede vivir feliz, gozando de una buena calidad de vida. Lamentablemente, ha sido mal administrado por una clase política mezquina y ambiciosa, que ha festinado los recursos para satisfacer sus apetitos voraces. Eso debe cambiar. El futuro está en nuestras manos. Estamos a tiempo de detener el virus del populismo que ha hecho carne en nuestra historia.

¡Viva el Ecuador! (O)