Cuando las inconformidades de los grupos sociales llegan al clímax, los ánimos exacerbados multiplican las arengas para impulsar acciones radicales, es entonces que los colectivos resuelven ponerse “en pie de lucha” para promover actos masivos de exigencia, ya sea un paro o un levantamiento indígena.

Ponerse “en pie de lucha” es más que una frase muy usada o repetida (cliché), sabemos que el idioma castellano de nuestra América  tiene una gran cantidad de modismos y frases alegóricas  con las cuales buscamos expresar con claridad y fuerza  un sentimiento, una emoción o una actitud frente a una situación coyuntural que genera malestar.

A ese rubro de expresiones populares pertenece esta frase, que resume la intención de mantenerse firmes en una posición, de estar dispuestos individual y colectivamente a cumplir con los compromisos y obligaciones, sin que nada ni nadie sea capaz de doblegar las convicciones que impulsan las reivindicaciones propuestas.  Equivale también a permanecer en nuestro puesto sin importar los peligros, el cansancio o las condiciones adversas que propone tal o cual situación.

Una frase similar y utilizada con frecuencia es la de “estar al pie del cañón”, que según varios estudiosos, sirve para indicar “que una persona permanece en actitud firme ante una situación comprometida, difícil o penosa, cuando todos los demás la han abandonado”. En otras palabras, sería algo así como mostrar “resistencia y heroicidad ante una situación límite”.

Estas frases tienen su origen en las luchas armadas, allá por la España de principios del siglo XIX. Fueron consolidándose con el pasar de los años, cuando, en torno a eventos heroicos, la oralidad las transformó en aventuras de leyenda llegando incluso a ocupar lugar destacado en las páginas de los libros de historia.

Por tanto, “estar en pie de lucha” forma parte del simbolismo popular para demostrar una actitud aguerrida. Junto a otras como: “lucha popular”, “reivindicaciones populares”, “plataforma de lucha”, todas quedan en la memoria colectiva del habla popular. Pero también se inscriben aquellas que se utilizan desde el poder para tratar de posicionar su postura, así: “defendemos la democracia”, “somos responsables”, “queremos paz, queremos trabajar”, “rechacemos la violencia”, “queremos dialogar”, entre otras.

La comunicación real, en una sociedad compleja, va más allá de frases que retratan la historia e histeria en la democracia ecuatoriana. La gobernabilidad de un país, exige ciertamente un permanente diálogo de saberes, que evite posturas cerradas y dogmáticas, un diálogo al que se acude para escuchar con atención a aquellos que son los legítimos contradictores del poder. Y para que el diálogo sea efectivo debe llevar a resultados prácticos que eviten engaños o acunen nuevos sentimientos de inconformidad. La institucionalidad de un país para ser sólida se construye con la participación activa, no la formal, de los actores sociales, más aún de aquellos que permanentemente han sido excluídos, ninguneados y olvidados. (O)