El consagrado poeta español, Jorge Manrique, decía que “cualquier  tiempo pasado fue mejor”. Este pensamiento, cargado de fuerte y compartida subjetividad, invita por un momento a regresar a ver, recorrer los escenarios del ayer, para atrevernos a efectuar una suerte de paralelismo con el entorno actual, a pesar de que toda comparación es generalmente odiosa. 

El Ecuador de los años cincuenta o sesenta no es el mismo que el Ecuador de estos días. Hemos presenciado un desarrollo importante y cambios sustanciales en los órdenes social y económico, a pesar de las dificultades que impuso la secular inestabilidad institucional. En el plano político podemos atrevernos a compartir con el poeta Jorge Manrique. El Congreso de la República de entonces difiere con la Asamblea Nacional actual. Esto es innegable. Para comenzar, el Senado y la cámara de Diputados estaban compuestos en por personas respetables, ilustres e ilustradas. 

Hoy, para desventura del país, varios asambleístas no reúnen estas cualidades que deberían ser obvias y consustanciales con el rol a cumplir. El Congreso no se reunía todo el año, tan sólo lo hacía durante tres meses, y, durante su receso, funcionaba una comisión legislativa permanente. Percibían dietas por sesión asistida, es decir, se devengaba su trabajo.

Ahora sesionan todo el año, con un pequeño receso, perciben sueldo jugoso; cuentan con asesores y personal administrativo, sin mayor justificación. Lo que sí se puede rescatar es que ahora hay mayor inclusión y representatividad de amplios colectivos sociales. También existen asambleístas de excelencia que se destacan, por ejemplo: Fernando Callejas, Patricio Donoso, Mae Montaño, Héctor Muñoz, Henry Kronfle, Héctor Yépez, Henry Cucalón, César Rohon.

A pesar de nuestra corta edad, se sintonizaba “Radio Nacional del Ecuador”, y escuchábamos con atención, junto a nuestros padres y hermanos mayores, el discurso de posesión -o en su caso el informe a la nación-, del Presidente Constitucional de la República. Así mismo, nos interesaba -porque disfrutábamos y aprendíamos mucho-, oír los discursos fogosos e intervenciones magistrales de los senadores y diputados, varios de ellos verdaderos oradores.

Dudo mucho que hoy los jóvenes sintonicen una radio o canal de tv públicos, para seguir las sesiones de la Asamblea. Penoso, porque hay una suerte de hartazgo por esta función del estado, debido a los acontecimientos que son de dominio público y que repugna la conciencia ciudadana.

Es claro que los problemas de ayer no son los de ahora. Hoy son más acuciantes y demandantes; por lo mismo, se requiere contar con representantes talentosos, con preparación superior, de élite, en el mejor sentido de la palabra. En concreto, con talante de estadista. 

Las sesiones del Congreso eran esperadas. Con expectativa y especial atención se escuchaba a talentosos políticos, sean liberales, conservadores, socialistas, comunistas, velasquistas. Descacaban los discursos de Raúl Clemente Huerta, Carlos Julio Arosemena Monroy, Rodrigo Borja Cevallos, Otto Arosemena, Isabel Robalino, Assad Bucaram, Pedro Saad, padre, Jorge Salvador Lara, Jaime Hurtado, entre otros.  Había también de los otros, los histriónicos, simplones y de relleno, pero eran casos contados que no afectaban la respetabilidad del Congreso.

Fue difícil ayer -y lo será siempre-  evitar riñas, insultos y desafueros que se presentan en todo cuerpo legislativo. Hubo hasta disparos. Mas, estos actos eran sabiamente controlados y manejados con tino por quien ejercía la presidencia de la legislatura. La crítica al opositor, al del bando contrario, no estaba exenta de fina ironía, que era contestada con similar “dosis” de sarcasmo. Había también insultos, con veneno incluido, que luego no pasaba de ser broma festejada. Amainada la euforia, los mismos actores se esforzaban por solventar sus diferencias de manera elegante y “caballerosa” y los eventos no pasaban a mayores. 

En el caso de nuestra provincia, solían enviar al Congreso Nacional a personas de gran talante y prestigio: se hacían escuchar, defendían los intereses de la misma y de la ciudadanía con pasión, y, sobre todo, ejercieron su mandato con dignidad y honorabilidad. Siempre es bueno recordar para sacar lecciones del pasado.(O)