Es muy difícil llegar al fin de semana buscando un tema para compartir con ustedes y encontrarnos siempre con lo mismo. El tiempo no pasa en Latacunga, aunque crece de manera desproporcionada.
Al principio pareciera que Latacunga es lo mismo. Que no ha dejado de ser lo que era antes. Pero nos equivocamos: Latacunga no solo está detenida, sino que va de retro. Antes éramos el centro comercial del país, todos los productos pasaban por aquí y el comercio dinamizaba la economía de un pueblo pequeño. Mientras, las luces de grandes hombres iluminaban la intelectualidad del sector, compartiéndose con Salcedo y Ambato. El aeropuerto era un sueño por el que pelear, el agua abastecía y el río Cutuchi tenía una ley que protegía sus truchas.
No es lo mismo. La ciudad definitivamente no es lo mismo. Somos peores que antes.
Nos largamos de casa, nunca volvimos, vendimos nuestro empeño a otras ciudades y luego nos quejamos de que todo aquí es lo mismo. Permitimos que ajenos tomen el control de la ciudad para luego no hacer más que criticarlos hipócritamente mientras les extendemos la mano para recibir sus favores. ¡Somos la vergüenza de nuestros abuelos! Decepcionamos a quienes construyeron esta ciudad.
Pero es tiempo ya de que la dirección de la ciudad regrese a los latacungueños. Esta disfuncionalidad profunda que tiene la administración actual es buen reflejo de las disfuncionalidades entre quienes la componen. Una cosa es que seamos diversos, otra es que no sepan, no puedan o peor, ni se les pegue la gana de trabajar en equipo y hacer algo bueno.
La ciudad se hunde y los multicolores concejales no logran ni una ordenanza bien hecha. El Alcalde pasa su tiempo en las parroquias inaugurando chaupiobras mientras el centro histórico no tiene un plan de manejo claro. Y mientras todo eso son titulares, del camal solo sabemos que hay terreno para hacer el proyecto, pero el proyecto mismo debería ser de acceso  público.
Latacunga no es la misma. Necesitamos políticas de accesibilidad, gobierno electrónico, mejoramiento de parques, creación de espacios verdes y, ojalá algún día, soterrar todos esos cables que cuelgan como tallarines de todas las casas y postes como recordatorio de cómo nuestra administración aún ve a esta ciudad igual a la que había hace 30 años.
Todavía no tenemos agencia de tránsito, pese a que irresponsablemente asumimos las competencias para luego ni siquiera unirnos a la mancomunidad de tránsito. Sacamos la terminal de buses de El Salto para ponerla a dos cuadras. Hoy necesitamos dos terminales, una en cada polo de la ciudad, al que acceda cualquier servicio de transporte, reformular las líneas de buses urbanos y pensar en un corredor vial.
Aún no sé si es que los administradores siguen viendo la misma ciudad, o si les conviene de alguna manera mantenernos lejos del progreso.
No es lo mismo. Tampoco somos los mismos. Los que nos quedamos y los que regresamos estamos aquí para reclamar lo que nos pertenece por derecho. No estaremos callados más. Recuerden que muy posiblemente un gran número de jóvenes deje las filas del servicio público pronto; y Latacunga no sabrá qué hacer con ellos. Entonces nuestra generación recordará que ha estado dormida, que ha sido cómplice.(O)

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