Cuando niña era tan pero tan flaca, que con frecuencia me decían “piernas de jilguero” y me cantaban “flaca, flaca como una lombriz” …

En aquel entonces poco o nada me importaban aquellos comentarios, mi atención se centraba en los juegos, los amigos, estudiar y vivir las experiencias propias de la niñez.

Pasaron los años y la primera vez que tomé conciencia de mi contextura delgada fue a mis 12 años en una piscina durante un paseo del colegio. El ponerme el terno de baño y comparar mi limitado desarrollo con relación al de mis compañeras, además de los comentarios maliciosos de los jóvenes comencé a cuestionarme qué pasaba con mi cuerpo. A esa corta edad, empecé a indagar qué podía hacer para solucionar mi delgadez extrema. La mejor alternativa fue entrar a clases de taekwondo, donde más allá de los moretones propios del entrenamiento algo pude definir mi figura, pero seguía siendo flaca.

En aquellos años no faltaron los comentarios irónicos y las burlas de algunos cuestionando mi peso ¿Deberías comer más para que tengas un bonito cuerpo? ¿Estás enferma?…  Mientras que mis compañeras, aquellas con quienes me comparaba y consideraba perfectas, me preguntaban insistentemente cuál era mi secreto para estar delgada, ellas sentían que debían bajar de peso. Lo cierto es que ninguna de nosotras estábamos conformes con nuestro cuerpo, cabello, estatura, piel, color de ojos y cualquier otro detalle que no se aproximara a las artistas de moda y las modelos de revistas.

A mis 17 años tuve la oportunidad de realizar un intercambio de 10 meses y ante la fascinación de probar tallarines, dulces y demás platillos típicos, pasé de 115 a 140 libras. Este cambio abrupto resultó mucho más de lo esperado, pues estaba ahora en el otro extremo: la ropa ya no me quedaba y con horror tuve que comprar prendas tres tallas más grandes. Mientras tanto, las mismas personas que alguna vez me cuestionaron por estar delgada, ahora me instigaban a que hiciera dieta y bajara de peso. “Estas gordita, haz algo”, “Pero ¿qué te pasó?”, “Eras más linda cuando estabas delgada” … En aquel punto, mi nuevo propósito fue bajar de peso, un proceso mucho más difícil que el anterior y que también fue motivo de frustración y enojo conmigo misma.

En el afán de bajar de peso, la información que encontraba en Internet era todavía más desgarradora y aberrante. Páginas de “consejos” que caían en la incoherencia, pero también en el peligro: desde el consumo de pastillas milagrosas para adelgazar, baños de agua helada para quemar calorías hasta dietas que se reducían solo a ensaladas… Confieso que siendo presa de la inmadurez, la ignorancia y la desesperación hice el intento de algunas de esas recomendaciones, pero ninguna funcionó.

Pasaron los meses, tuve que regresar a Ecuador y aunque volví a probar toda la comida que había extrañado, inexplicablemente recuperé mi peso de antes. En medio de tanto sube y baja de libras comprendí que no podía hostigarme con los “comentarios bien intencionados” y el ridículo afán de cumplir con los cánones de belleza. Debía aceptarme, cuidarme y quererme tal y como soy.

La triste y real conclusión es que nadie está conforme con su físico. Las distintas industrias, según su conveniencia económica, diariamente nos exponen ideales de belleza que resultan anti- natura. Nos convencieron de que no somos lindas y que debemos usar tal o cual producto para serlo. En aquel intento frustrado invertimos dinero, tiempo, energía e incluso nos sometemos a procesos que pueden resultar peligrosos para nuestra salud. Como consecuencia nos volvemos inseguras, frágiles y fáciles de convencer. La peor noticia es que los prototipos de belleza se repiten y cada vez son más rigurosos; alarmantemente miles de niñas crecen convencidas de que no son lindas por como son.

Es urgente que rompamos aquel círculo vicioso y empecemos a aceptarnos a nuestro 100%. Aprendamos a disfrutar de la comida sin cargos de conciencia y tener hábitos saludables, no por el afán de cumplir un estereotipo sino por amor a nuestro cuerpo. Las libras de más, las estrías, la celulitis, las arrugas y el vello son completamente NORMALES, incluso para aquellas modelos de portada cuyas fotografías son retocadas. Aprendamos a cuidarnos y por sobre todo amarnos.(O)