Durante mi travesía improvisada por Europa, con el fin de tener diferentes experiencias con la gente local, decidí hospedarme utilizando otros medios no tan tradicionales…
Con el tiempo fui descubriendo que más allá de la visita al lugar turístico, la foto y la compra del típico recuerdo, la experiencia de viajar resulta mucho más enriquecedora si se puede compartir con la gente local. Después de haber probado positivamente con airbnb, decidí lanzarme a couchsurfing. Esta interesante plataforma permite que las personas que cuentan con un espacio disponible en su hogar como una habitación, un sofá o un colchón reciban acorde a sus posibilidades a los viajeros que están interesados en visitar la ciudad sin ningún costo.
Previamente a la visita, el anfitrión y el viajero tienen un primer contacto a través de la plataforma mediante el intercambio de mensajes, fotografías y la evaluación de experiencias anteriores. Si alguna de las dos partes no se siente segura o cómoda puede retractarse de la oferta sin ningún inconveniente.
Había escuchado buenas y malas historias de esta modalidad, tanto para anfitriones como para visitantes. Sin duda es una ruleta rusa, no existen garantías y tampoco puedo negar que hay riesgos, desgraciadamente Couchsurfing también ha sido utilizado para fines negativos. Sin embargo, para la gran mayoría y con la debida cautela puede resultar una experiencia interesante, tanto para quien hospeda como para quien viaja.
Continuando con mi relato, tomé mi decisión de ‘couch’ basándome en la valoración que otros viajeros realizaron y a un previo intercambio de mensajes con Mathilde, una simpática joven de Viena, quien años atrás había vivido en Colombia y hablaba perfectamente español, al igual que su hijo de cinco años. No puedo negar que en un principio la conversación se limitaba a las reglas de la casa, los principales lugares por visitar en Viena, la comida, etc. Sin embargo, con el transcurso de las horas la conversación se fue tornando más profunda y consecuentemente conocer de su vida, familia y cultura.
Poco antes de salir a conocer la ciudad me entregó una copia de su llave, con la recomendación de que me sintiera como en casa y que si sentía hambre no dudara en cortar un trozo del pastel de su abuela.
Estas dos sencillas pero muy significativas ofertas me llevaron a reflexionar. ¿Cómo se puede dar tanta apertura a un extraño, donde además de compartir su hogar también comparte su comida?
Ojo, que las experiencias varían dependiendo de qué tan bueno sea el entendimiento y la camaradería de las dos partes, no existen reglas.
Pero en general resulta interesante saber cómo la gente se adapta con el afán de compartir un momento ameno. Al final comprendí que para quienes actúan como anfitriones, el viajar no es la única manera de conocer el mundo.
Mi experiencia con Mathilde y su hijo me permitió entender que pese a la diferencia cultural, los valores como la amabilidad, la generosidad y el don de gente sobrepasan cualquier barrera. Aquellas cualidades son las que nos permiten aceptar abiertamente las diferencias y ser mejores seres humanos.(O)

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