Por: Alan Cathey

La crisis energética que está golpeando duramente a la incipiente reactivación post COVID, arroja más dudas que certezas sobre el proceso de globalización, a partir de la revolución capitalista China desde los años 80 del siglo pasado. La relocación de empresas de toda índole, desde textiles a tecnológicas, aparece hoy día como una arriesgada apuesta de las industrias occidentales y japonesas, que, ante una expectativa de ganancias inusitadas por las extraordinarias condiciones laborales, tributarias, y en forma general, operativas, que un Estado Chino en quiebra podía ofrecer, tras las catástrofes que padeciera por la ceguera ideológica y el desmesurado culto a la personalidad del llamado “gran timonel”, Mao Zedong, que condujo el precario buque chino hasta el borde del abismo, con su “gran salto” al vacío, y su aún más vacía y criminal “Revolución Cultural”. La visionaria apertura impulsada por Deng, abrió un escenario de cuento de hadas para las grandes corporaciones del mundo occidental, con la certeza de una producción fluida, con costos laborales 6 u 8 veces menores que en sus países, con la garantía de ningún sindicato hostil que exigiera mejoras salariales o condiciones de trabajo decentes. Si agregamos un régimen tributario en extremo benevolente, fácil resulta imaginar la rentabilidad que China ofrecía a esas empresas, a condición de transferir tecnologías y capacitar a decenas de millones de obreros chinos, en las más modernas técnicas productivas. El acicate que significó, para cientos de millones de personas, la posibilidad de salir de la miseria absoluta, no fue desaprovechada por uno de los pueblos más industriosos y trabajadores del planeta. En 40 años, China pasó de una patética economía tercermundista, a ser la segunda potencia económica mundial, por el momento.

Hoy por hoy, el principal problema que debe enfrentar China, y con ella buena parte del mundo, es su exceso de éxito. Al transformarse en la “fábrica del mundo”, con la crisis del COVID aparecieron las costuras del entramado comercial del mundo. De pronto, en medio de la rebatiña mundial por mascarillas, trajes de protección y guantes, el mundo Occidental despertó a la realidad de estar a merced de unos filibusteros que, aprovechando su posición dominante en el mercado mundial, incumplieron sus compromisos firmados con países y empresas, ante la repentina oportunidad de un lucro escandaloso.

Recién entonces Occidente cayó en cuenta que, para el gobierno chino, sus necesidades estaban en un muy lejano segundo lugar, y del mortal riesgo estratégico que significa depender en un 90%, de medicinas e insumos médicos, producidos al otro lado del mundo.

El bloqueo que se produjo en el Canal de Suez, al encallar un petrolero, fue el segundo aviso, esta vez sobre los riesgos de los cuellos de botella en el transporte marítimo. El tercero es la crisis de producción de semiconductores y chips, generando una grave disrupción en las cadenas de producción de una serie de productos, desde autos a teléfonos inteligentes. Para colmo, la crisis energética en curso, en particular en el hemisferio norte, provoca una escalada insostenible en los precios del gas, así como

afectando los esfuerzos globales por bajar el uso del carbón.
China, muy golpeada por una fuerte sequía, ha disminuido significativamente su producción hidroeléctrica, afectando su industria. Un esencial puerto de contenedores en el sur del país, ha visto muy menguada su capacidad operativa por brotes de la pandemia, y las expectativas mundiales son bastante negativas en cuanto a un suministro confiable de bienes para Navidad. Si a esto añadimos la dominante posición china alrededor de las llamadas “tierras raras”, y de ciertas materias primas esenciales para los equipos tecnológicos ultramodernos, se hace evidente la necesidad de diversificar la producción, pero también la creación de rutas alternativas para el abastecimiento.

Es una coyuntura aprovechable por América Latina y por África, para presionar a Estados Unidos y Europa para reubicar industrias en ambos continentes, arguyendo, además de lo ya manifestado, la importancia de generar en ellos fuentes de empleo, disminuyendo el afán por migrar.

Se trata de una relación “gana-gana”, que además devolvería protagonismo en esas regiones, a un mundo occidental que indolentemente, las ha cedido al empuje chino. Cada vez hay más conciencia en los costos de la financiación a los gobiernos tercermundistas, y su evidente designio de mantener a Latinoamérica y África como productores de materias primas, desde los minerales a los alimentos. Además de tasas de interés muy elevadas, en contratos opacos, donde se garantizan los préstamos al mejor estilo del colonialismo del siglo XIX, con el control de puertos por 100 años o con las propias materias primas como colateral, los préstamos vienen atados a que las obras se ejecuten por empresas chinas, con obreros, materiales, equipos y maquinaria chinos.

Trabajar sobre estas realidades podría hasta transformarse en un interesante ejercicio de integración regional, que pueda presentar un frente unido, con una voz. Si esto suena muy utópico, hay espacio para la sensatez nacional y la fijación de unos objetivos mínimos comunes, más allá de las cegueras ideológicas. China marcó una ruta hace 40 años. Es bueno aprender las lecciones de la historia, antigua y reciente.