Muchos hechos y acontecimientos se juntaron en los días previos a una de las manifestaciones más importantes de nuestra historia, que marcó la libertad de nuestros pueblos, gracias a la entrega total de un grupo de verdaderos patriotas.

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El pueblo de Quito y de otros lugares, paulatinamente iba manifestando sus inquietudes respecto a la libertad, respecto a la conformación de una junta patriótica y “expulsar” a las autoridades españolas que habían ofendido reiteradamente al pueblo.

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Los precursores de la Independencia conocían de los abusos y de los monumentales privilegios que se mantenían en las colonias españolas, patriotas que buscaban un cambio eran encarcelados y ofendidos.

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La Revolución de las Alcabalas y la Sublevación de los Estancos marcaron un verdadero hito en la Independencia por sus características subversivas que estaban rondando en cada vez más patriotas y gente del pueblo.

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El espíritu americanista impaciente frente a la opresión y el desacierto administrativo de las autoridades españolas comenzó a agitarse, las manifestaciones en procura de la libertad eran cada vez más evidentes.

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En la mente quiteña hervían las ideas independentistas y era oportunidad para formar la Junta de Gobierno que, fingiendo tutelaje al monarca español, asumiría poderes absolutos encaminados a desbrozar la administración española.

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Las primeras tentativas fueron descubiertas, sin embargo, la causa revolucionaria seguía adelante. En casa de doña Manuela Cañizares realizábanse una serie de dilucidaciones denodadas en pro de la Independencia.

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La sed solidaria en vaso enorme, con fuego en los bordes deliraba inconforme porque la libertad viene en el aire, en la luz, en la espiga y a veces, amarga hiere los costados del pensamiento que arde.

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Hasta que por fin el 9 de agosto de 1809, los patriotas esculpían el himno de la libertad: Antonio Ante, Cuero y Caicedo, Morales, Larrea, eran los dignatarios, quienes tenían la gran responsabilidad de llevar adelante este gran propósito.

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Antonio Ante en la madrugada del 10 de agosto, fue el encargado de entregar al Conde Ruiz de Castilla la orden de la Junta en la que se desconocían sus funciones, acción de gran valor en momentos tan especiales.

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Mientras tanto Juan Salinas en la plaza principal vitoreaba a la Junta Soberana y a Fernando VII. Inmediatamente se procedió a las transformaciones administrativas como se había acordado en las varias reuniones clandestinas.

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Después de algunos días en la Sala Capitular de San Agustín se ratificaron las resoluciones tomadas el 10 de agosto y el gobierno quedó en manos de los revolucionarios. Por primera vez en esta fecha, se enunció a la soberanía del pueblo. Quedó para siempre el Primer Grito de la Independencia.