Sorprendió en esta semana escuchar a un candidato a alcalde de Quito decir que su principal oferta de campaña es hacer obra sin robar. Llegamos al punto ridículo en el cual la simple honestidad es una oferta de campaña porque no se da por sentado, sino que debe ofertarse, venderse.
Estamos aquí, en este momento cuando los honestos, los limpios, los transparentes, los cívicos, nos escondemos en la excusa de no querer meternos en la porquería; pero en ella terminamos viviendo, cuando no elegimos a los mejores y nos abstenemos, incluso, de comentar en contra de los corruptos porque les tenemos miedo.
¡Ellos deberían temernos! Nosotros somos más, nosotros tenemos la fuerza de la masa, y nosotros somos quienes elegimos. Y si, por encontrarse en el poder, durante años debemos tolerar callados a los corruptos y oportunistas, estos meses no: estos meses ellos deberán tolerar todo, ellos tienen que escuchar todo. Recordemos que estamos en elecciones, y los candidatos voluntariamente han optado por exhibir sus huesos al sol. Ellos se han entregado al escarnio público y es el momento adecuado para tachar abiertamente a los sucios y a los ineptos.
Y es que estamos rodeados de ellos. Resulta jocoso ver, entre los candidatos, al que nunca supo hablar en público, al confabulador, al chismoso, al borrachito, al notoriamente estúpido y a un puñado de quientanserán de quienes nada digo, porque nada sé. Más gracioso es ver matrimonios antinaturales: los zurdos con los diestros, los eternos enemigos que siempre se amenazaron, los de poncho con los de terno, los que ya no están con los que quieren repetir…
Lo peligroso de eso es que aquellos que son dispares o enemigos, solo se juntan por una razón: un tercer enemigo común. Pero hablamos de enemigos francos, frontales. En política no hay eso, todo es hipocresía. Entonces la regla cambia: los enemigos y los dispares se juntan, en política, cuando hay un interés común, algo que repartir.
La pregunta aquí es si estas alianzas se hacen a favor de Cotopaxi o en pro de obtener los recursos de los cotopaxenses para fines personales. Así de claro y simple.
Es verdad, aun falta para el tiempo oficial de campaña, pero ¿acaso alguna de las inquietantes alianzas ha justificado un plan de trabajo que dé razón a su unión? ¿hay al menos un bosquejo tenue de estrategias reales de solución de los conflictos de nuestras localidades? No. En todas las entrevistas que he escuchado de varios candidatos, todos dan largas, responden con circunloquios y evaden las preguntas. Todos repiten la necesidad de cambio, pero ellos son los de siempre. Todos insisten en enumerar los problemas de nuestra colectividad, pero ellos son los que los causaron o lo permitieron o callaron cuando sucedía. Algunos de ellos incluso se habrían beneficiado de la crisis de nuestra provincia.
En esta sopa de sobras y recalentados, hay algunas personas valiosas, escondidas en posiciones poco importantes dentro de la papeleta. He visto a ciudadanos nuevos, jóvenes creativos y dinámicos que se encuentran en cuarta o quinta posición de las papeletas para concejales, por ejemplo. Estamos obligados a revisar toda la papeleta y votar por cada persona, nunca por una lista. El voto en plancha es peligrosísimo para los intereses de la provincia. Necesitamos separar las manzanas buenas del costal de podridas.
No podemos seguir esperanzados en que no nos roben o nos roben poco. Es momento de dar un giro de timón, patear el tablero y hacer que todas las antiguas fichas de la política local caigan. Estamos en peligro, en peligro grave. Pero también estamos frente a una oportunidad única.(O)

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