Al vivir ya unos cuantos años en Chile, he comprendido que pese a estar en el mismo continente y ser latinos, existen diferencias enormes que nos distinguen unos de otros. Nosotros los ecuatorianos con el arroz, la cerveza, el pasillo y el “buenazo”, mientras que los chilenos con el pan, el vino, la cueca y el “cachai”.

Más allá de estas diferencias de forma, una de las cosas que más ha llamado mi atención y es digno de reconocer, es la manera en que el chileno afronta las dificultades y los retos. En un principio pensé que era algo asociado a la personalidad, pero al ser tan frecuente la misma actitud, me pregunto si es más por cuestión cultural.

La historia de Iván es un claro ejemplo de ello. Hace un poco más de un año se lanzó a la aventura de emprender con el servicio de entregas a domicilio. Inició con su pequeño vehículo y una cartera limitada de usuarios que con ingenio y esfuerzo fue ganando en redes sociales. El buen servicio y su don de gente hicieron que llegaran más clientes, por lo que tuvo que rentar un auto, ampliar las rutas y contratar un chofer.  Le iba bien, pero no todo era color de rosa, literalmente casi cada semana se le presentaba alguna novedad. Iván tuvo que lidiar con las averías del auto rentado, la impuntualidad del chofer contratado, la noticia de que su socio y mejor amigo se independizara y se convirtiera en su competencia, dos accidentes que afortunadamente no tuvieron víctimas fatales pero sí una elevada suma por pagar… Tal cantidad de problemas para muchos quizá resulten razón de tirar la toalla y buscar trabajo en cualquier otra actividad. Lo cierto es que para Iván, aunque parezca  necio y hasta inconsecuente, él se ha levantado de todas sus caídas y se dice a sí mismo “hay que aperrar”, que significa ser valiente e insistir a pesar de las dificultades.

A la historia de Iván se suman: la familia que perdió su casa en un incendio, el emprendedor cuyo restaurante se llevó un tsunami, el agricultor cuya cosecha se perdió por la sequía…

No es que diga que solo los chilenos tienen malos ratos y pasan desgracias, pero lo admirable es su actitud. Más allá de la tragedia y la desolación de sus experiencias, afrontan su realidad y asumen los sucesos catastróficos de forma positiva y aguerrida.  No se sumergen en las quejas y la tristeza, todo lo contrario, se levantan de los tropiezos y no pierden la esperanza.

Quizá los terribles sucesos en su historia, la dictadura militar y una infinidad de terremotos, tsunamis e incendios, han hecho que los chilenos desarrollen la increíble capacidad de afrontar las adversidades, aprendan de los fracasos, se acomoden según las circunstancias y por sobre todo sean solidarios unos con otros.

Algo, un tanto diferente a los ecuatorianos, y es que detesto admitirlo, pero la gran mayoría de nosotros solemos ser expertos en quejarnos y sufrir de las malas experiencias, aunque hayan sucedido hace años.  Solemos quejarnos por todo, que el clima, el gobierno, la historia, la crisis, la delincuencia y ahora la pandemia… Nos cuesta pasar la página. Asumimos los eventos desafortunados como hitos de desgracia e incluso los catalogamos como “mala suerte”. Nos escudamos en aquellas malas experiencias para justificar los futuros errores y lo mal que nos va. Yo misma -más de una vez- he pecado de dramática y exagerada con mis malos ratos, que en realidad comparados con tan fuertes historias de aquí no son nada.

Quizá debamos comprender que las constantes malas experiencias más allá de sumirnos en la negatividad deben ser el impulso para seguir adelante y no perder la fe. Al fin y al cabo, solo hay que aperrar.(O)