En la tarde del viernes 18 de enero de 2019, dieciséis meses después de haber sido suscrito el contrato para la construcción del paso deprimido de El Molinero en San Felipe, los acólitos del alcalde preparaban la tarima para recibir a los empleados municipales que habían sido obligados a vestirse de luces y prepararse para aplaudir la ‘obra macro’ (?) tan esperada por el círculo de amigos beneficiados por ella. Emocionados los monosabios, permitieron circular a los primeros espontáneos, por el túnel y por los dos carriles laterales.
Los asustados peatones empezaron a descubrir la verdad de la improvisada obrita, sin entender cuáles eran los tan alardeados beneficios para los habitantes del histórico barrio. Entre ellos, un joven discapacitado, con seria limitación en sus extremidades inferiores, acompañado de una adolescente impotente, con mochila al hombro, como seguramente lo hacen todos los días hábiles escolares, intentaban descender desde la gasolinera, junto al cementerio, encontrándose con vehículos de gran tamaño que subían hacia Pujilí, apretados entre las barandas del paso deprimido y la pared del Camposanto.
Aterrado, el joven discapacitado debió arrimarse contra la pared del cementerio junto a su angustiada acompañante, para no ser alcanzados por la volqueta que exigía el derecho de vía. Pasado el susto, descendieron a la calzada y emprendieron una desesperada carrera para alcanzar la esquina del parque, y ponerse a salvo antes de que les embista otro vehículo. Gracias al escaso tráfico debido a la inauguración, lo lograron sin novedad, aunque con gran susto.
Un ciudadano del sector, haciendo uso del arma más contundente de la revolución informática, un teléfono inteligente, tuvo el acierto de grabar el suceso. Las redes se encargaron de difundirlo y en pocas horas había sido visto por miles de cibernautas que, como no podía ser de otra manera, reaccionaron con gran indignación, reclamando respeto a los peatones y denunciando la evidente falta de planificación.
Al día siguiente, embriagados de impopularidad por las demostraciones espontáneas de rechazo al autoritarismo demostrado a lo largo del todo el proceso precontractual y contractual de esta ‘obrita de tres millones’, los consejeros del alcalde le recomendaron resolver el problema de cualquier manera, arguyendo que “solo falta un pedacito de vereda”.
De no haber ocurrido este hecho lacerante de irrespeto a los moradores del sector, la celebración habría sido limitada a las protestas de la mayoría de los asistentes, cuyos gritos de protesta opacaron las destempladas trompetas contratadas por beneficiarios de este negocio macro. Las ofensas proferidas en un discurso incoherente y lleno de autoalabanzas, con el ánimo de victimizarse, solamente demuestran la falta de respeto que ha imperado a lo largo de esta agónica administración, que Dios mediante dejará el poder en 95 días.
Vergonzosamente, en la desesperación de ver perdida su causa de reelección, el alcalde Sánchez se ha atrevido a afirmar en una entrevista, que “le ponen a un contratado discapacitado” para hacer el referido video. Solamente en una mente alterada por las pasiones u otros intereses mezquinos puede caber tan grotesca acusación contra un menor de edad cuyo pecado ha sido inaugurar la vereda inexistente en la ‘obra macro’ más cuestionada de la historia latacungueña.
La ambición debe tener sus límites. Atentar contra la honra de una persona que merece todo el respeto del Alcalde y los personeros del Municipio, es inaceptable y merece el rechazo total de la ciudadanía. Esta agresión deberá ser respondida ante Autoridad competente, de quien esperamos una sanción ejemplar. Mientras tanto, los ciudadanos podemos manifestarnos individualmente, ejerciendo nuestro voto en los comicios de marzo, en rechazo al acto y a su autor intelectual y material.(O)