Me gusta ver cómo celebramos nuestras fechas independentistas, casi sin saber la historia real, sin recordar la sangre que costó y mucho menos conscientes de qué es lo que hicimos con la tan cacareada libertad.

Hay que recordar que para la primera mitad del siglo XIX, lo que hoy llamamos Patria, no era más que un grupo de personas sin identidad. Había aquí los llamados criollos, o iberodescendientes; los indígenas o quienes asumían serlo; y toda una enorme masa de mestizos multicolores. Amén de los afrodescendientes, a quienes escasamente se les ha considerado en la mayor parte de libros de texto. Como si toda la independencia se hubiera fraguado exclusivamente en Quito. Y Guayaquil, claro.

Pero más allá de estas minucias y otras mentiras históricas, la pregunta es ¿de qué nos independizamos? Fácilmente responderemos ¡de España!. Y si, había una fuerte injerencia, sobre todo económica de la corona española. Por eso los más grandes financistas del esfuerzo independentista fueron, como siguen siendo, los grupos económicos locales. Seamos reales: sin plata no hay revolución.

Entre mecenazgos y mucha, pero mucha poesía, nos fuimos acercando al momento en que gritamos ser independientes y, según lo que nos enseñaron en la escuela, con mucha sangre y mucha rabia, desterramos al tirano europeo de los territorios quiteños. Olvidamos que antes de los ibéricos ya teníamos otros opresores ajenos, que eran los Incas; y antes de eso, solamente Curacas más o menos organizados. Nunca nuestro pueblo, como pueblo, fue independiente. Siempre fuimos sometidos.

Y después de la independencia, o del grito de ella, simplemente no hicimos nada. Vimos a América hacer, esperamos que los mal llamados libertadores den forma a este continente. Seguimos caminando hacia 1830, cuando por primera vez nos dijimos “república”, aunque hasta hoy no sabemos qué significa ese concepto. Nos llamamos república para aislarnos de la Gran Colombia, que no era sino otra forma de Tahuantinsuyo: un reinado monárquico unipersonal, antes de manos de los Incas, luego de los españoles y luego de los criollos. Hoy, de las mafias.

Al final, las jornadas de independencia y de formación republicana tuvieron menos de patriotas y más de intereses económicos y políticos. Por eso mismo es que la Gran Colombia no sobrevivió, porque no pudieron repartir bien el poder.

Y, más allá de ello, no nos ha valido de nada la independencia. Nuestros pueblos sufren más o menos los mismos problemas de hace 200 años: desunión, desconexión, falta de identidad, hambre, ignorancia y quemeimportismo. Dependimos del -mal- genio del Inca, luego del Español; durante una corta jornada de los Criollos, y hoy dependemos de lo que decidan hacer con nuestras vidas las mafias narcopolíticas que nos gobiernan, a todo nivel. Todos son micro reyes, pequeños tiranos mentirosos.

No somos independientes. Nunca lo fuimos. O, acaso, ¿hay alguien que todavía crea que esto que nos hacen vivir es realmente una democracia? ¿Cree alguien todavía que nuestro voto vale? Nuestros representantes, ¿nos representan?

No nos engañemos. La verdadera independencia no se da, sino con la independencia económica individual y nacional, que tampoco tenemos. La verdadera independencia es la capacidad de hacer lo que verdaderamente queremos, y que nuestros Estados hagan lo mismo, si es que la mayoría coincide en la idea.

Esto que vivimos no es un Estado, no es Democracia y no, no somos independientes. Y que bueno que esto se publica lunes, para no amargar a nadie el feriado.