Hoy, como hace un poco más de doscientos años, lo que algún día esperamos sea nuestro país, se encontraba dividido. Entonces, como ahora, se nos exigían contribuciones económicas para mantener una estructura invisible que solo servía a unos pocos. Estábamos, y estamos, tan distraídos en sobrevivir que no nos podemos concentrar en aquello que nos mantiene en zozobra.

Los intelectuales de la era pre-republicana, igual que los de hoy, carecen de los espacios para compartir su sabiduría. O deben mantenerse callados, o están en otros países que los tratan mejor.

En aquella época, Europa veía caer a sus reyes y América se aprovechaba de las circunstancias de quienes eran sus dueños. Hoy, debemos escoger si servimos a China o a Estados Unidos, porque no podemos existir por nosotros mismos. En aquel entonces aprovechamos los conflictos europeos, hoy estamos sentados al costado de la mesa donde se juega la guerra fría internacional, esperando que se caiga alguna migaja. En 1809 nuestra economía era residual y basada en la explotación brutal de los recursos; igual que ahora. Lo que producíamos era vendido al precio que la corona decidía, tal como hoy lo hacen los llamados mercados internacionales.

Entonces no podíamos elegir a nuestros líderes; y sorprendentemente hoy tampoco. Los colonizadores clásicos simplemente negaban la democracia, y los modernos colonizadores nos fabricaron un sistema fraudulento que nos contenta con darnos una papeleta cada par de años. Al final el resultado es el mismo: la gente no puede elegir a quienes realmente necesita.

En 1809 había un grupo de intelectuales y guerreros independentistas que forjaron la independencia sin recursos, sin gobierno, sin autoridad, sin reconocimiento y con mucho miedo. Los últimos 10 años, en cambio, el Ecuador abundaba: la economía era boyante, el gobierno tenía credibilidad y por tanto gobernabilidad plena ocupando todos los poderes del Estado, la comunidad internacional nos veía como un prodigio y la identidad nacional iba viento en popa. Es decir, verdaderamente estuvimos listos para una nueva independencia. Pero aquí no hubo intelectuales ni patriotas, sino mercaderes de almas. Nos vendieron.

Hoy estamos igual que en 1809. Nada ha cambiado en el fondo.

Hoy, igual que entonces e igual que siempre, no somos independientes. Y cuando verdaderamente tuvimos la oportunidad de serlo, nuestra independencia fue vendida por los mercaderes, perjudicando a millones por el beneficio económico de un ciento. Y no podemos hacer nada, porque dependemos de un sistema judicial deficiente, de una estructura legal ineficaz y de la voluntad política de quienes pugnan por ser los futuros dueños de la chacra.

Hoy no somos independientes. No nos hemos ganado el derecho a serlo y por lo tanto tampoco a festejarlo.

Para poder volver a gritar independencia, un buen inicio será sancionar a aquellos que nos robaron nuestra segunda oportunidad de ser libres. Y no vamos a esperar que el sistema judicial lo haga por nosotros, porque no puede. La respuesta debe ser en las urnas.

Solo cuando tengamos un parlamento diferente, dotado de intelectuales y patriotas como en 1809, solo entonces podremos iniciar la nueva guerra de independencia. Es que esta guerra no será con sangre o en las calles como algunos pseudodirigentes pregonan, con más tinte terrorista que patriotista. La guerra por recuperar la república debe darse dentro del mismo sistema. Y para librarla debemos ocupar una posición estratégica: hay que devolver el legislativo al pueblo. Y solo el pueblo puede tomarlo.

Hoy, igual que entonces, dependemos de la reacción de todos. Hoy, igual que entonces, hace falta conciencia y unidad. Hoy, igual que entonces, debemos desconocer las estructuras que han montado los que nos oprimen y crear otras que nos beneficien. Hoy, igual que entonces, es urgente empezar a pensar por y para nosotros mismos.

Y mientras hoy siga siendo igual que entonces y no otra cosa, seguiré ahogando el grito de ¡viva la independencia!(O)