Alan Cathey

Esa parecería ser la tónica de buena parte de los Estados de la América Latina, ante las constantes protestas, y de la insatisfacción con el gobierno, cualquiera que éste sea, de cualquier decisión que tome, en cualquier ámbito.

Ésta es la factura por demasiados años de irresponsabilidad política y social de unas élites económicas y políticas, empeñadas en una contienda caníbal, para asegurarse los exiguos o ingentes recursos que generara el país, y en negárselos a sus opositores, convertidos en enemigos mortales.

Las consecuencias han sido catastróficas, y los principales damnificados son los grupos sociales más vulnerables. Mantener en esa precaria condición a esa capa de población, parecería ser la única coincidencia de los grupos de poder, pues resulta mucho más fácil manipularlos, apelando al anhelo de la gente para salir de su situación.

La demagogia populista, de cualquier color, el engaño, la mentira, la manipulación de las mejores o peores teclas de emoción y sentimiento popular, se han encargado de desvalorizar la acción política, y de vaciar de contenido el concepto de la democracia, en cuanto gobierno con poderes limitados por la Ley, para impedir la tiranía.

Ese modelo, unido a la libertad de emprender, enmarcada en la seguridad jurídica y física, ha sido aplicado, en todo el mundo, con resultados extraordinarios.

Descontadas ciertas economías del Medio Oriente, cuya riqueza es fruto de un golpe de suerte, las economías más prósperas, con los más altos niveles de vida, sin excepción, son aquellas donde esa combinación de democracia liberal, que impide la tiranía, y de libertad para el emprendimiento económico, garantizadas por una justicia independiente. En el otro extremo del espectro político, donde la libertad personal no existe, donde cada detalle de la vida está reglado por un Estado omnipresente, donde la ambición personal es vista como un peligro, se ubican las sociedades más miserables y atrasadas del mundo. Que el sistema democrático liberal de mercado sea imperfecto, es posible, pero que la receta para la pobreza y el atraso económico es, sin duda, la tiranía.

 La única relativa libertad que les ha quedado a quienes permitieron que sus líderes se convirtieran en sus dueños, es la de de huir, arriesgando su vida. El caso de los súbditos del enorme presidio en que la familia Kim convirtió a Corea del Norte, no puede ser más ilustrativo. El intento de fugarse del “paraíso”, conlleva hasta la pena de muerte. Para prevenir las deserciones, en la frontera con Corea del Sur existe un sofisticado sistema de vigilancia, con densas alambradas y campos minados, de patrullas permanentes con perros adiestrados, como en una cárcel de alta seguridad, lo que en efecto es Corea del Norte hoy. Para el tirano es preferible, para su imagen, que un millón de coreanos mueran de hambre, antes que escapen para dar fe de la incapacidad e indiferencia de la dictadura.

De vuelta por estas tierras americanas, los dictadores que igual fracasan absolutamente hasta en lo más elemental, como asegurar la alimentación del país, han encontrado una alternativa para resolver el problema de la fuga de sus ciudadanos, alentarla. Se libran de millones de bocas a las que alimentar y dizque atender en su salud, y como bono, de unos insatisfechos y malagradecidos con sus maravillosas obras. Que los acojan otros, esos preocupados por derechos y la dignidad humana. Que ellos les den de comer, los curen y los vistan. Que ellos les den trabajo y prestaciones. Que ellos deban lidiar con los problemas económicos y sociales que esas masivas migraciones producen entre quienes las reciben. Eso les deja las manos libres para seguir saqueando a sus pueblos. America Latina está pagando una onerosa factura. Cada año retrocede en relación al mundo. Cada año un poco más pobres, porque producimos menos y menos bien que nuestros competidores, pues los conceptos de productividad y de calidad nos resultan ajenos. Cada año un poco más tontos, porque nuestros países consideran al mérito personal y al estudio académico como un sacrificio absurdo, siendo mucho más productivo y cómodo hacerse político, y aún desde la ignorancia más supina, hacerse rico comerciando con su voto. Para qué estudiar y esforzarse en la vida si puedo enriquecerme traficando droga en pequeña o gran escala, cuando sé que si me agarran, me compro al policía o al juez y en un par de días estoy de vuelta al negocio.

Son muchos años, demasiados, que los sistemas educativos han sido capturados para aplicar un lavado cerebral masivo, y desvirtuar los principios más básicos para que una sociedad funcione, los de responsabilidad, asumiendo las obligaciones de cada etapa, los de honestidad, que implica el respeto por el esfuerzo y el trabajo ajeno, el no copiar en los exámenes y el no plagiar en los trabajos, los de dedicación, el esfuerzo sostenido en el tiempo para alcanzar un objetivo. Sobre todo, se eliminó el esencial valor de la dignidad que la capacidad de valerse por sí mismo genera. Para qué esforzarme si puedo mendigar, es el mensaje más nefasto que puede transmitir un sistema educativo. Justamente eso es lo que, durante décadas, hemos enseñado. (O)