La adolescencia es sin dudar la etapa más hermosa en la vida de un ser humano, pues inicia el despertar biológico y con ello nuestro cerebro reprograma sus prioridades, pasan los juegos a segundo plano y aparece el interés por las compañeras del sexo opuesto, y esto marcará en un buen grupo de jóvenes el resto de sus vidas, pero Latacunga tiene una característica especial ,que por ser una ciudad pequeña presenta otros matices que hacen que esta bella etapa se vuelva realmente única e incomparable.
Traslademos nuestra imaginación a la década de los 80 y 90 y revivamos esos mágicos momentos de cuando nuestra vida, cuando regresábamos al colegio y nuestros amigos de aquellas épocas con quiénes compartíamos juegos y confidencias poco a poco se fueron convirtiendo en nuestros hermanos de vida, capaces de defendernos y encubrirnos en aquellos pecadillos de la edad, y que hoy siguen siendo nuestro compañeros y amigos; podíamos tener diferencias es verdad y muchas veces estas podían terminar en golpes, pero después de un par de días estábamos conversando fraternalmente y entre la amena tertulia de buenos amigos, esperábamos la salida de las damas de los colegios más cercanos el Victoria Vásconez Cuvi y las Bethlemitas para que ojalá en algún momento nuestras miradas puedan coincidir con la de alguna de las bellas estudiantes y poder acompañarlas a su casa, ayudándoles a llevar su mochila y la máquina de escribir; lo que tácitamente ya nos convertía en su enamorado, un lenguaje particular para expresar compromiso en Latacunga pero el más eficaz a la hora de conquistar.
Regresábamos a nuestra casa para almorzar con nuestros padres y hermanos, y en pocos minutos los amigos gritaban a la puerta para salir a la biblioteca a realizar las consultas de los deberes que enviaban los maestros y, entre risas y preocupaciones; confidencias de amores y sueños de nuestro futuro buscábamos los temas en enormes libros que nos tocaba leer, sacar resumen para completar luego la tarea, esto nos llevaba casi toda la tarde porque para llegar debíamos agotar la suela del zapato pues íbamos de la Biblioteca del Vicente León al municipio y la Casa de la Cultura; el Google, no existía para nosotros y para encontrar un párrafo que nos sirva debíamos leer todo el libro.
Al darnos cuenta ya era las 6pm y preferíamos esperar a la salida de las chivas a las 7pm, para luego retirarnos a nuestros hogares. Después de haber recorrido el centro histórico y sus cuadras aledañas, sabíamos con seguridad en esas épocas creo yo; los colores precisos y la ubicación de cada una de las piedras de la calle Quito con más precisión entre la Guayaquil y Padre Salcedo.
Era común encontrarnos con nuestros maestros recuerdo al Sr. Torres quién se dirigía a la heladería pingüino a tomar un pintado, el licenciado Fonseca en su moto y el Sambito Iturralde en su pichirilo color crema, esos profesores tan recordados que guiaron no solo nuestro conocimiento, sino que ayudaron a nuestros padres a formar nuestro espíritu, almas y corazones; depositando en nuestros cerebros algo más que conceptos, cálculos y fórmulas, ellos nos entregaron valores, cimentaron principios y con su ejemplo predicaron el respeto la honestidad y honradez.
Los viernes eran muy especiales, estábamos a la espera de alguna humorada que se realice en el Balcón, y después de un tiempo en la Sky Way, en dónde las matinés eran la diversión del momento y nuestra más anhelado deseo era que le den permiso a la chica que nos gustada y que podamos caminar con ella dentro del local por innumerables ocasiones hasta que eran las 6 de la tarde y para después regresar a casa felices y con una anécdota nueva para contar el lunes en el colegio y quién podría olvidar aquellos bailes de cachifos, donde estábamos todos los jovencitos de la época, chicos y chicas vistiendo sus mejores galas, y con ansias esperando ser nombrado en alguna letanía, que nos convierta por ese instante en el centro de atención del evento.
Teníamos sitios especiales de encuentro con amigos y amigas, estos eran: el parque Vicente León, la heladería Pingüino, el Santa Bárbara, El Pasaje, el comercial Padilla y otros más que son testigos de innumerables declaraciones de amor, terminación de relaciones, confidencias de amigos y escenas de desamor.
Son tiempos que no volverán los recordamos con nostalgia, pues hoy la juventud prefiere la tecnología y desconectarse de la realidad, amigos de la época, hoy padres, los avances en el mundo son buenos siempre y cuando no nos quiten la esencia de la humanidad.
Esa fue nuestra hermosa e inolvidable Adolescencia.(O)