Desde que la Revolución Francesa introdujo las ideas de separación de funciones, de pesos y contrapesos en democracia y aniquiló el absolutismo monárquico de los Borbones en ese país, a través de una Convención Nacional en la que los políticos discutían las normas, vigilaban la gestión de gobierno y representaban a la ciudadanía, la mayor parte de países modernos decidieron seguir su modelo.

                  Esa misma Convención -con el paso del tiempo- logró incorporar los conceptos de derecha e izquierda para referirse a los conservadores y liberales de la época, más que por una concepción ideológica, por su ubicación en el Foro de la misma, es decir, como los más conservadores se sentaron a la derecha de la Presidencia, se los asoció a esa “mano” y como los más liberales lo hicieron a la izquierda, se adueñaron de esa denominación para los anales de la historia.

                  En el 2008, el Ecuador a través de su Asamblea Constituyente instauró la Asamblea Nacional en reemplazo del Congreso, que a su vez fue la mutación de la Cámara de Representantes de la Constitución del 78 y en ella -por casualidades políticas- la “izquierda” se sentó a la derecha y la “derecha” a la izquierda.

                  Pero ni sentarse en lados distintos a los franceses, hizo que los honorables legisladores ecuatorianos abandonen las prácticas que terminaron aniquilando a la Convención Francesa y retornando a la nación gala al absolutismo, ya no de los “Luises”, sino de los Bonaparte. ¿Cuáles prácticas? La intriga, la mentira, los delitos y los gritos.

                  No recuerdo yo, escándalos tan grandes en el Legislativo como aquellos que hubo en estos cuatro  años, seguramente el lector me dirá “Pero César, antes se lanzaban ceniceros, se rompían cabezas, se decían insectos, onanista, oligarcas imbabureños y más, o armaban farrones en visitas oficiales al Perú”; sí, eso se hacía -y no lo justifico-, pero nunca un Congreso tuvo que separar a sus propios miembros por negociar hospitales, por cobrar diezmos a sus ayudantes, por constituir partidos “chimbos” o por audios filtrados, nunca la Asamblea tuvo un nivel tan bajo de respaldo popular y nunca se ha esperado que al fin se vaya.

                  La Asamblea que se va tiene a pocos buenos de todas las vertientes políticas, pero sin duda en su conjunto es mala, malísima, legislaron desde Twitter, si una ley no era aplaudida en redes por la gente, se reconsideraba su votación y se la archivaba, pero ¿cuál era el problema?, que el CAL  se convertía en Corte Constitucional y decidía qué se amparaba en la Norma Máxima y qué no, total “igual no había los votos para aprobarse”.

                  Es sin embargo esa misma Asamblea la que debe constituirse como referente de lo que no se tiene que hacer, no se deben negociar votos por amnistías, comisiones por viajes o condecoraciones por apoyos, el Legislativo tiene que ser la representación pura de la ciudadanía, entender el avance de la sociedad, construir justicia desde las leyes aprobadas y seguridad desde la fiscalización sin odios, pero sin olvidos.

                  Que la Asamblea que se inicia sea mejor que la que se fue y también que la representación de Cotopaxi en ella, se haga sentir más de la que se va.(O)