¡Qué horror ha vivido el mundo civilizado viendo impotente como las llamas devoraban uno de los íconos religiosos más famosos del mundo occidental en plena Semana Santa! La maravillosa Catedral de Notre Dame -cuya construcción se remonta a 1163-1345- quedó en los anales de la historia. Es el tercer incendio que ha ocurrido en la Basílica y Catedral de Nuestra Señora de París, cuya Patrona es la Bienaventurada Virgen María.
Las expresiones de dolor y pena infinita han llegado desde todos los confines de la Tierra. Aún no se digiere lo que ha pasado. De un día para otro, la ciudad más romántica del mundo se ha quedado sin una de sus milenarias joyas arquitectónicas, que sin duda son patrimonio de la humanidad. No se puede entender cómo ocurren siniestros de esa magnitud y naturalmente, no hay nada que se pueda hacer. Los esfuerzos que el mismo día empezaron para reconstruir lo destruido, levantan el ánimo de los creyentes y de quienes no lo son. Pero nunca será recuperado el valor intrínseco que tenía.
Los expertos han señalado que un ‘cortocircuito’ es el responsable de esta tragedia, lo cual profundiza la pena y genera sentimientos de culpa que deben sentir muchos funcionarios relacionados de alguna manera con el cuidado del patrimonio cultural de París y del país galo.
Superado el momento de tristeza, afloran serias preocupaciones bien fundadas sobre el riesgo que corren tantos bienes patrimoniales en todo el mundo. Lo cual nos traslada hasta las calles de nuestra Latacunga. Por responsabilidad con nuestra existencia, debemos reflexionar sobre el cuidado que deberíamos poner en precautelar los tesoros heredados de nuestros antepasados, como el Centro Histórico. ¿Acaso estamos inmunes a este tipo de desastres?
Es hora de que ciudadanos y sus autoridades tomen las cosas con responsabilidad y empecemos a evaluar los riesgos que debemos gestionar. Hagamos conciencia que una simple chispa originada de muchas formas posibles, puede iniciar un flagelo que potencialmente pueda causar muerte y destrucción. No se pueden pasar por alto estas consideraciones a la hora de organizar comparsas, desfiles, algarabías, protestas, mítines políticos, festivales, etc., que siendo legítimos y propios de nuestra cultura, exponen peligrosamente a personas y bienes inmuebles antiguos y patrimoniales. Bien pueden realizarse en lugares que brinden seguridades para los observadores y los participantes.
Jamás quisiéramos que un desastre ocurra por la falta de previsión originada en la falta de capacidad de las autoridades responsables o en su temor a no ser bien vistos por limitar y ordenar apropiadamente los eventos públicos en zonas frágiles de nuestras ciudades. Latacunga es heredera de un hermoso, aunque olvidado Centro Histórico, que con motivo de la reciente campaña política ha sido objeto de intervenciones apresuradas que no han respetado el valor histórico de sus calles, plazas, casas, iglesias, monumentos, y demás elementos que componen un ensamble de un poco más de 30 manzanas. Tenemos derecho a soñar con alejar los mezquinos intereses políticos de improvisados destructores de la ciudad, para que los ciudadanos tomen el timón y con el liderazgo de verdaderos técnicos especializados, construyamos un plan maestro que se ejecute a paso lento pero seguro, conforme se gestionen los recursos económicos.
Al iniciar una nueva administración cantonal, es un buen momento para que con visión de largo plazo, alcalde y concejales constituyan un solo frente para convocar a los parroquianos y declararnos en sesión permanente para cuidar el mejor patrimonio cultural que tenemos, para disfrute del Ecuador y el mundo. Esta sería la más importante acción que podemos emprender para dinamizar el turismo, tan cacareado en tiempos de campaña. ¡APAGUEMOS LA CHISPA DE LA MUERTE!(O)