En el tiempo de descuento de la administración Correa, faltando pocos días para que entren en vigencia cargos arancelarios a la importación de productos ecuatorianos a Europa, el Poder resolvió enviar a su segundo a bordo para que ponga cara de inocente, retirando las poses de tratamiento en iguales condiciones que habían exigido desde 2014 a los europeos, y firmar el convenio de adhesión al Tratado suscrito por Colombia y Perú, sin chistar. Esa historia que tomó diez años para decidir en favor de los productos de exportación hacia ese mercado regional, refleja la mínima importancia que el proyecto político del Socialismo del Siglo XXI le daba a la producción y su consecuente generación de empleo. El modelo económico, nunca dibujado ni sustentado, promovía un crecimiento “hacia adentro” con la consigna heredada desde los años setenta de “sustituir importaciones”. No se firmaron otros tratados de comercio que se están generalizando en el mundo, con el peligro de quedarnos como isla, con escasas posibilidades de sostenernos.
El Gobierno Leninista, a la mitad de su mandato, ha tomado la decisión de apostarle al crecimiento hacia afuera, como lo hacen la mayoría de países que han logrado crecimiento económico sostenible, impulsado por la inversión privada, con generación de empleo y el consecuentemente mejoramiento del nivel de vida de sus conciudadanos. Se trata de una acertada decisión que gira en 180 grados la estructura económica del país, poniendo la mayor responsabilidad del desarrollo en la inversión privada, para potenciar las ventajas competitivas que tenemos, que afortunadamente son muchas.
En este contexto, el aparato productivo debe alistarse para sacar el mejor provecho de las oportunidades que se le presenten, y competir eficientemente en el mercado local, como en los mercados internacionales, que son altamente competitivos. Los tratados de comercio abren puertas para productos de salida, así como para productos de entrada. Esto nos pone en el cuadrilátero “desnudos” del paternalismo de los Estados pero llevando sobre nuestra espalda la pesada carga de la BAJA COMPETITIVIDAD, que nos hace más caros que otros competidores de la región a la que vamos a entrar. Aunque los acuerdos no se limitan a temas arancelarios, sino a potenciar sinergias de los socios comerciales con miras a otras regiones del mundo.
La competitividad es consecuencia de las acciones gubernamentales que inciden en el entorno productivo, en general. La infraestructura vial, puertos y aeropuertos, generación eléctrica, normativa laboral, impuestos directos e indirectos, repatriación de capitales, seguridad jurídica, normas societarias, movilidad humana, política arancelaria, tributos a bienes de capital, materias primas, bienes intermedios, tecnología, entrada y salida de capitales, entre muchos otros, componen los elementos que determinan el grado de competitividad de un país.
Mientras que los países que han adoptado el modelo de crecimiento hacia afuera llevan buena ventaja en construir ese entorno que los hace competitivos, el Ecuador tiene más de una década de retraso. Por tanto, es oportuno y necesario medir el grado de competitividad que tengan los socios con los que se pretenden firmar acuerdos comerciales de cualquier tipo, para establecer la estrategia de negociación que debe llevar el Gobierno de turno, sin perjuicio de adoptar, “con la misma agilidad” los cambios internos que permitan elevar la competitividad de nuestro sector productivo de bienes y servicios (turismo) para aspirar a salir favorecidos de dichos pactos, como la Alianza del Pacífico.
Aplaudimos la decisión de mirar a un futuro de crecimiento que ha tomado el presidente Moreno. Sin embargo, alertamos que es impostergable construir una agenda de COMPETITIVIDAD de aplicación inmediata, sin temores, en la seguridad de que eso permitirá al sector productivo cumplir con el encargo. ¡Manos a la obra señor Presidente!(O)