Emiliano dejó en el piso al mediocampista, quien con una barrida intentó quitarle el balón. Luego burló a un par de defensas que le habían salido al paso y finalmente le hizo un magnífico sombrero al guardameta para inflar las redes con una sutileza tal, que hasta el mismo viento pareció agitarse con el remate.
El hombre sabía que su anotación era la del triunfo. Se sintió tan grande como sus ídolos del fútbol: Messi, Cristiano y Álvez. Por ello no se aguantó las ganas de quitarse la camiseta, aunque sabía que eso le correspondería una tarjeta amarilla, pero eso qué importaba, ese gol no era el del triunfo, sino que era el punto final a una larga sequía de goles que habían atacado su trayectoria deportiva. Al momento de colgarse en la malla para compartir con la tribuna su gol, vio entre los presentes a una muchachita hermosa, de rizados cabellos rubios y ojos color miel. Una verdadera princesita, quien le brindó una mirada de admiración que fue la mejor recompensa que Emiliano había recibido por su conquista.
Al finalizar el partido todos se volcaron donde Emiliano. Los pocos periodistas radiales que allí habían se volcaron donde él para arrancarle alguna palabra, pero Emiliano no prestó atención a ellos y se dirigió al público para cruzar alguna palabra con la mujer que le había llamado tanto la atención, pero a pesar de que la buscó incluso fuera del estadio, ella no apareció por ningún lugar.
Él se quedó tan pensativo en la mujer, que incluso no pudo entrenar bien en toda la semana y aunque por su calidad seguía siendo el piloto de ataque, había algo en él que le impedía realizar una práctica seria, y no fue sino por las palabras y reprensiones del técnico que él pudo de nuevo incorporarse al juego del equipo.
Pasaron los días y llegó el siguiente partido de local, y nuevamente sucedió algo parecido, él convirtió otro gol y al celebrarlo con la tribuna apareció la rubia otra vez entre la multitud, así mismo entregándole una mirada de admiración, que le supo como cuando, según dicen, la doncella le entregaba una flor al guerrero en los coliseos romanos.
Y otra vez Emiliano buscó a la mujer por todas partes y no la halló, cosa que fue objeto de burla por parte de sus compañeros, quienes argumentaban que lo que él había visto era un fantasma y lo que requería era un exorcista para librarlo de ese mal. Y así sucedió durante las siguientes semanas, hasta que en uno de los partidos, él salió lesionado del campo de juego y pudo con calma acercarse a la tribuna antes que el público se vaya para acercarse a la mujer misteriosa que tanto le llamaba la atención, pero ¡oh, sorpresa! No había ninguna mujer de esas características en el lugar.
Emiliano no sabía qué decir, y llegó a pensar que todo había sido fruto de la casualidad, aunque tuvo un intenso temor por lo sucedido, pero se tranquilizó y prefirió olvidarlo todo, cosa que no pudo hacerlo, porque la hermosura de la mujer lo había absorbido sobremanera. Pasaron los partidos, y la mujer no apareció más por el lugar, cosa que coincidió con la falta de gol de Emiliano, y eso le parecía tan misterioso, pero con ayuda de un buen psicólogo todo lo superó, e incluso, volvió a adquirir ritmo de juego y su nivel volvió, y aunque le faltaba anotar, las cosas parecían volver a su estado natural.
Pero llegó la ocasión en que Emiliano volvió a marcar un gol y de nuevo, como acostumbraba en esos momentos, se fue a celebrar con la tribuna, pero al colgarse en la malla miró de nuevo a la mujer, cayendo él al piso por la sorpresa, pero sonriente por la felicidad que le daba el volver a ver a esa dama misteriosa.
Se inspiró ese día y anotó dos goles más, que los celebró con esa mujer, quien le brindó una sonrisa por la anotación e incluso en el tercer gol que le significaba el hat trick, ella le arrojó una rosa de su cabellera.
Y desde aquella ocasión él empezó a tratar de convertir las mayores veces posibles y es que cada vez que lo hacía era una posibilidad de ver de nuevo a su amada misteriosa, que la llegó a llamar como: La Dama de la tribuna…(O)