El poder ha sido identificado como una de las tres necesidades básicas del ser humano. Según Bertrand Russell, “es el elemento más importante, la meta del ser humano y, junto con la gloria, uno de los principales deseos infinitos del hombre”. El neurólogo y excanciller Británico David Owen acuñó el término ‘Síndrome de Hubris’ (SH) basado en el perfil psicológico de ciertos políticos, para describir a mandatarios que creen estar llamados a realizar grandes obras, con tendencia a la grandiosidad y omnipotencia, rechazando las críticas y negándose a escuchar. ¿Suena conocida esta descripción en nuestro medio?
El SH genera un comportamiento con soberbia y arrogancia, exagerada autoconfianza, desprecio a otras personas y actuación inclusive contra el sentido común. Este concepto griego de ‘desmesura’ lo denominaron los griegos como ‘hibris’ y se observa de forma muy común en nuestros días, en los más variados campos, pasando por la política, la medicina y hasta las finanzas.
¿Cómo se lo adquiere? Owen dice que “el SH está indisolublemente unido al poder y alimentado por el éxito”, por lo cual, es usual percibirlo en la política, donde se ha convertido en una pandemia. El poder, aunque efímero, se aloja en la profundidad del ego de quien lo adquiere, siendo bastante difícil abstraerse de él. Posiblemente el afectado no tiene conciencia de haberlo adquirido. Casos exagerados se han visto en muchos países. Adolph Hitler, Cristina Kirchner, Fidel Castro, Rafael Correa, entre muchos otros.
Una persona común y corriente que alcanza el éxito al lograr el poder que añora, seguramente invadido de inseguridad, de estar en capacidad de afrontar la responsabilidad que en muchos casos no la esperaba, asume el poder y muy pronto se rodea de un anillo de adulones incondicionales que le aplauden, sin importar lo equivocado que pueda estar, despertando un sentido de autoconfianza que se alimenta del halago, que de a poco le convence que alcanzó el poder por sus propios méritos.
El siguiente paso es creerse infalible e insustituible, llegando a la megalomanía, lo que les conduce a soñar en planes estratégicos de largo plazo, olvidando lo efímero del poder. Avanzado el síndrome, produce una verdadera ‘paranoia’, por la cual considera enemigo a todo aquel que se le oponga, aún por una mínima crítica, lo cual le aleja lentamente de la sociedad. Hasta que llegue el fin, o peor aún, enfrente la pérdida de una elección, que lo llevará a la depresión por causas que no comprende. Afortunadamente, la cura para este síndrome es sencillamente la pérdida del poder.
No siendo una justificación, es al menos una explicación para el trastorno que observamos, especialmente en el campo político, en las autoridades de elección popular, y también en quienes acceden al poder a dedo, por decisión de un ciudadano que lo ejerce. Es muy penoso palpar los cambios inesperados que sufren los pacientes del SH. Quienes no hemos sido contaminados con ese mal, observamos incrédulos como, otrora sencillos ciudadanos, adquieren poses de grandeza, cambian su comportamiento, hasta su ‘pinta’, hablan más refinado y mirando al infinito, actúan como que lo saben todo, se convencen de que lo que ellos piensan es la ‘pura y neta verdad’, rechazan cualquier opinión que se oponga a su pensamiento y consideran que el mundo es aquel que ellos visualizan y punto.
¿Cómo podría una persona tomar decisiones sensatas con su sola óptica, alterada por el síndrome y alimentada por los adulos pagados que le rodean? Más bien sería esta la garantía de alejarse de lo que el sentido común le hubiera llevado a decidir. ¡Qué pena por estos pacientes del SH! (O)