Latacunga celebró con algarabía, a pesar de las restricciones por la emergencia sanitaria, el día de la Patrona del Volcán, la Virgen de las Mercedes, el 24 de septiembre, como todos los años. Siguiendo la tradición cultural de nuestros ancestros indígenas, se organizan las festividades con varios días de anticipación, en una simbiosis de la cultura autóctona y la española que nos llegó de la mano de los españoles que buscaban con desesperación el oro de los Incas, mientras los curas y frailes catequizaban a los aborígenes, cumpliendo el mandato de sus Majestades, los Reyes Católicos.

Las expresiones espontáneas de los feligreses se manifiestan con danzas, ritos, trajes, música, cánticos y rezos, animados por devotos y donantes del mercado de El Salto por un lado, y las vivanderas del mercado de La Merced por otro, quienes vigilan desde siempre el hermoso templo que adorna el centro histórico de Latacunga. Toda la organización corre a cargo de familias tradicionales que “heredan” a sus descendientes la responsabilidad de organizar la fiesta, anualmente. Las autoridades municipales no intervienen en absoluto.

El origen de esta tradición data de 1877, cuando ocurrió una de las más fuertes erupciones de nuestro “cuello de Luna” o volcán Cotopaxi, el más alto del mundo, que además tiene un casquete glacial que representa una gran amenaza en la formación de “lahares” con la energía disipada, en caso de erupción. La desesperación hizo que los habitantes del “barrio caliente” pasearan sobre sus hombros a la Virgen de las Mercedes, pidiéndole protección y nombrándola “Patrona del Volcán”,  ofreciendo hacer esta fiesta cada año en su honor. La ciudad sobrevivió a la erupción y los devotos quedaron agradecidos de por vida. No se ha repetido una situación similar.

Esta reseña demuestra lo que puede hacer la fe, que parecería ser un instinto innato en el ser humano. Basta reflexionar que los aborígenes, antes de la llegada de los barbados, ponían su fe en deidades construidas desde su entorno. Adoraban al sol, alguna montaña o animal, según sus propias tradiciones, demostrándole temor y respeto, implorando su clemencia ante acontecimientos naturales o antrópicos que amenazaban su existencia. Gran revuelo debe haber causado en la población indígena la imposición de un Dios desconocido, con la simultánea destrucción de todo vestigio de la cultura que idolatraba deidades no reconocidas por los conquistadores.

Lo rescatable de lo reseñado, es que el ser humano lleva en lo más profundo de su ser la convicción de la existencia de un Ser Todopoderoso, cualesquiera que sea la forma que lo visualice, a quien se siente sometido y de quien espera las “gracias” que silenciosamente implora. Cada persona en su intimidad se encuentra con Él, el día y en la forma que escoja. La confianza que ese Dios le inspire, le dará la energía que necesita para salvar los obstáculos que se crucen en su camino y alcanzar su objetivo. Mientras más profunda sea su fe, mayor será su capacidad de triunfar.

El último refugio del ser humano es su propia conciencia, a donde recurre al sentirse amenazado e impotente ante una amenaza. En esa soledad, solo le queda buscar a su Dios, que vive en su misma humanidad, identificado con su “conciencia”. Ahí es donde se encuentra con la verdad, distingue el bien del mal y decide sobre su existencia. Sale fortalecido con la convicción del rumbo que va a tomar. Sus temores se disipan y su fuerza de voluntad se reaviva. Expresa con pasión sus sentimientos y retoma el camino, con la bendición que ha alcanzado.

¡Necesitamos volver a creer en nosotros, para superar el peligro!(O)