Como consecuencia de los malhadados hechos sucedidos en la Escuela Superior de Policía, han surgido una serie de opiniones encontradas, y, claro, son más que comprensibles, dado que está de por medio una de las instituciones republicanas más importantes del país: es la encargada constitucionalmente de la protección interna y el mantenimiento del orden público. Por ello, es imprescindible que se actúe con absoluta seriedad y prudencia; se analice con objetividad la situación y que sea la justicia en definitiva la que resuelva como corresponde.

Políticos interesados han llevado el caso a extraños niveles -so pretexto de “controlar la investigación”-, para atacar a la Policía. Entre los objetivos del foro de Sao Paulo y del socialismo del siglo XXI, están, precisamente, minar la moral, disciplina y valores de las entidades más influyentes que tiene un país, socavar y desestabilizar a los regímenes democráticos e instaurar gobiernos extremistas. No se dan cuenta que estos fracasaron y tanto el “comunismo como las torres gemelas cayeron y no existen más”.

El cruel asesinato de la señora María Belén Bernal -cometido presuntamente por su cónyuge, Germán Cáceres-, es condenable. Este personaje ha hecho quedar muy mal a la institución. Pero no por eso han de condenarla de manera general e interesada. En toda corporación existen personas que no cumplen los principios morales y éticos que las inspiran. Tampoco es dable que se le tenga como “chivo expiatorio” a la Policía: la tendencia de encontrar culpables dando palos de ciego no es lo que procede. Aquí lo que existe es un acto delictual cruel, un femicidio, que debe ser castigado. 

Toda generalización es arbitraria y afecta al conjunto. Peca de subjetividad pues es un sentir o modo de pensar sin que intervengan hechos que corroboren con evidencias.  Jean Monnet dijo que “los hombres pasan, pero las instituciones quedan; nada se puede hacer sin las personas, pero nada subsiste sin instituciones”. No todos son malos elementos; los buenos profesionales policiales son la mayoría y la engrandecen.  Pero siempre hay lugar para mejorarla y reorientarla.

Es una ruindad sin nombre -y por tanto reprochable-, el aprovechamiento electorero que ha hecho de este caso, un movimiento político muy conocido en su afán descontrolado por ganar elecciones a como dé lugar: no importan los métodos. No recuerdo evento similar en el Ecuador, lo que demuestra la bajeza de los dirigentes, pues no respetan el dolor y sufrimiento de la familia, ni el desespero de la sociedad en su conjunto que ha visto con asombro este acontecimiento.

Ya han asomado los interesados en que a este acto se lo califique como “crimen de Estado”, cuando las características son las de un claro feminicidio. El Estado y sus dependencias están actuando: no hay complicidad en esto. Si fruto de las investigaciones que adelanta la fiscalía aparece más personal involucrado ya por acción, o por omisión, tendrán igualmente que ser sancionados severamente de acuerdo con la gravedad de sus participaciones. Abriguemos la esperanza que la Policía Nacional siga adelante en sus labores, que sus mandos actúen para depurar a los malos elementos, procesos que regularmente se dan, precisamente porque son seres humanos como cualquiera de nosotros, con la diferencia de que ellos están más expuestos por el entorno en el que laboran.

Es de destacar que existen policías distinguidos con principios éticos. La promoción “1969” del Colegio “Vicente León” tiene entre sus miembros a un compañero que ostentó con honor la Comandancia General de la Policía: me refiero al General Jorge Poveda Zúñiga. Cuán importante es el ejemplo en toda entidad. Policías como él existen en la Institución. No ayuda para nada haber ordenado el derrocamiento del edificio donde sucedieron los hechos, como tampoco tratar de descabezar el mando policial, como si de eso dependiera la solución de este grave problema.  Debemos apoyar a la Institución y esperar que vuelva por sus fueros. (O)