Muy temprano en la mañana me levantaba, me vestía con aquel poncho verde al revés y mis pequeños zapatos, la gran mayoría de las veces en el pie incorrecto, a esa edad todavía no podía distinguir el derecho del izquierdo. Bajaba las escaleras y emprendía una pequeña caminata para encontrar a mi abuelita, la mamita Rosa, que se encontraba ya en el ordeño. Me recibía amorosamente y al rato me servía un jarro de leche tibia y espumante. Las mañanas eran frías, pero independientemente del clima siempre se escuchaba el canto de los pájaros; allí me quedaba, jugando con flores, viendo a las vacas rumiar, hasta que se terminara el ordeño. Al regreso, era hora del desayuno: huevos cocidos, jugo y chocolate para preparar chapo.

El resto del día acompañaba a la mamita Rosa en todas las tareas que el campo requería. Empezábamos por alimentar a los animales, hierba fresca para los cuyes y conejos, restos de verduras para los chanchos, y maíz para las estruendosas gallinas que corrían presurosas al silbido de la abuelita. Recogíamos los huevos, siempre dejando la muestra y muy respetuosas ante la impaciencia de aquellas que estaban incubando a sus pequeños.

Para aquel entonces daban las 11 y la abuelita empezaba a preparar el almuerzo: una contundente colada, arroz de cebada o morocho de sal, el segundo siempre una carne acompañada de arroz y jugo de alguna fruta comprada en el mercado o tomates de árbol recién cosechados.

La tarde acompañaba a la mamita Rosa al cuarto de costura, mientras cortaba y cosía retazos de tela para sus vestidos nuevos, me cantaba o contaba alguna historia. En más de una ocasión se llevó el mal rato de encontrar aquellas primorosas telas cortadas burdamente. Yo era la única responsable de semejante atentado; todo por mis juegos de hacer vestidos de muñecas. Nunca se enojó por eso, respiraba profundamente mientras se reía y me decía “guambra fea”, a lo que respondía yo también con una sonrisa.

Llegaba el momento de tomar café, siempre acompañado de pan. Para aquel entonces mi mamá llegaba ya a la casa, por lo que nos quedábamos un buen rato conversando en la mesa. A las 8 de la noche todos nos retirábamos, era momento de ir a dormir para el día siguiente empezar con la misma jornada.

En medio de aquella rutina, acompañada de flores, animales, deliciosa comida hecha en casa y por sobre todo el amor de la mamita Rosa, así fueron mis cinco primeros años. Para cuando empecé la escuela tuvimos que mudarnos, llegó el momento de dejar el nido, de ahí en adelante las visitas al campo serían solo los fines de semana o durante las vacaciones. Cuando llegaban los primos aprovechábamos para ir al bosque o el río. Nos quedábamos hasta tarde en medio de juegos, dramatizaciones y carreras de bicicletas. Más de una vez, el abuelito pasó el mal rato de encontrar el terreno recién tractorado, convertido en una pista de obstáculos.  Él enojado, nosotros llenos de polvo hasta las pestañas y la abuelita defendiéndonos entre risas y explicaciones.

Para cuando llegué a la adolescencia, en medio de la imperdonable edad del burro y los ridículos comentarios de que la vida en el campo no era tan maravillosa, dejé de ir con frecuencia y preferí quedarme viendo televisión o saliendo con amigos. La abuelita siempre preguntaba por mí y no dudaba en enviarme alguna golosina.

Poco tiempo después, una terrible enfermedad afectó a la mamita Rosa y en medio de sufrimiento, dietas rigurosas, pastillas y consultas médicas, partió al cielo. Su ausencia fue evidente, no solo en nuestros corazones agobiados, sino en toda la casa. Ya no había los cantos, las historias, los jarros de leche y las maravillosas recetas, todo fue silencio… Incluso parecía que los animales entendían lo sucedido, ellos también estaban tristes. Aquel lugar de magia, juegos, travesuras y risas no era el mismo sin la Mamita Rosa.

En mi memoria quedan grabadas aquellas maravillosas experiencias e historias que hoy con nostalgia y emoción recuerdo junto a mi abuelita. Gracias a la mamita Rosa tuve una infancia maravillosa que viví con inocencia, alegría y mucho amor. Me dejó la lección de que los seres queridos, especialmente los abuelitos, aunque quisiéramos no son eternos y lo único que podemos hacer es disfrutar de su presencia y atesorar aquellos momentos compartidos. (O)