Mi querida mama:
Estoy postrado, con la pierna vendada, atado, reatado, encadenado de modo que no pueda moverla. Me he convertido en un esqueleto: doy miedo. La cama ha terminado por llagarme la espalda: no consigo dormir ni un solo minuto. Y aquí el calor se ha vuelto muy fuerte. La comida del hospital, a pesar del precio que pago por ella, es muy mala. No sé que hacer (…)
No os asustéis de todo esto. Vendrán días mejores. Es una triste recompensa después de tanto trabajo, privaciones y penas ¡ay, qué miserable es nuestra vida!

Hijos queridos (…):
Os doy las gracias por vuestros buenos sentimientos hacia mí. No sé si me estoy despidiendo o no, pero de pronto sentí la necesidad de decir lo que acabo de decir. Quería añadir consejo para ti, (…) hijo, que piensas en tu vida, en quién eres, qué eres, en cuál es el sentido de la vida humana y cómo debe vivirla todo ser razonable.

Mi distinguido y recordado amigo:
Un terrible sormenage me tiene postrado desde hace un mes, y los médicos no saben aún cuanto tiempo seguiré así. Necesito una larga curación, y encontrándome sin recursos para continuarla, he pensado en usted, don Luis José, en el gran amigo de siempre, para pedirle ayuda a mi favor. En nombre de nuestra vieja e inalterable amistad, me permito esperar que el querido amigo de tantos años me tenderá la mano, como una nueva prueba de ese noble y generoso espíritu que le ha animado siempre y que todos conocemos.
Se lo agradece de antemano, con un apretado abrazo, su firme e invariable amigo.
Estas tres cartas –a la madre, a los hijos y a un amigo– quisiera suponer que yo las escribí con mi puño y letra, bajo circunstancias parecidas de los escribientes. Pero, lamentablemente, no es así.
La primera misiva –dirigida a su madre– es de Rimbaud, fechada en Aden, el 30 de julio de 1891, la segunda –dirigida a sus hijos– y la tercera es de de César Vallejo –dirigida a su amigo– fechada en París, el 15 de marzo de 1938.
Jean Nicolás Arthur Rimbaud (1854–1891) fue un poeta francés. Abandonó la literatura a los 19 años para emprender un viaje que lo llevaría a un viaje por Europa y África.
En vida, sus méritos no fueron reconocidos pero, con el tiempo, se abrieron paso entre nuevas generaciones.
Lev Nicoláyevich Tolstói (1883–1910) tres semanas después, un 20 de noviembre de 1910, moría en un excéntrico escondrijo, símbolo de austeridad, habilitado para él, a petición suya, en la estación de Astápovo, Rusia.
El peruano César Abraham Vallejo Mendoza (1892–1938) dejó una última carta que revela sus estrecheces económicas, tan graves como para tener que pasar por la humillación de pedir prestado a un amigo.
Es considerado como uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX
y el máximo exponente de las letras de su país.
Moriría en un abril lluvioso y melancólico, víctima de un rebrote de paludismo, un 15 de abril de 1938, en París.
¿Para qué escribir unas cartas que ya estaban escritas?(O)

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