Sabrá dispensarme el estimado lector que use este espacio personal para contarle mis anécdotas y vivencias y con ello tratar de hacer opinión desde la calle y no de las esferas del poder o la academia alejado del día a día y con mucho que decir pero poco por sentir, es un estilo que aprendí en casa y que adoro al momento de litigar y de hablar (o escribir en este caso).
Hoy me voy a referir a un hecho doloroso que sucedió hace algo más de una semana en la familia, mi tía Lucha abandonó el mundo terrenal y se unió a todos los angelitos que tengo en el cielo y es a ella a quien quiero dedicarle este artículo, porque quien se fue no era la mayor de mis tías abuelas, sino una de las “personas que me gustan”.
La tía Luchita era un sol, jamás la vi enojada, siempre sonrió y su sola presencia alegraba las reuniones familiares, en las que por cierto casi obligatoriamente era la anfitriona, bailaba con muy buen ritmo, cantaba de igual manera y estaba pendiente de todos sus invitados, no había mejor momento que una reunión en su casa, porque de seguro salía con cualquier chiste o broma, bien al recibirnos con “sus chichis” de plástico al aire, bien a lo largo del ágape o bien al despedirnos, pero de que nos hacía reír, nos hacía.
¿Sabe algo? Creo que el día en que Dios la llevó a su regazo, al llegar, después de saludar a su eterno amor mi tío Gustavo y a mi Papi Lucho y mi abuelita Marianita (sus padres), puso a bailar a ángeles y arcángeles, a cantar a los querubines y seguramente a organizar una partida de telefunken a los santitos, si en la tierra hubieron lágrimas por su partida, la fiesta de bienvenida en los cielos debe haber sido como las que ella mismo armaba. Eso me reconforta y mucho.
La tía Luchita no se metía en la vida ajena y la dejaba vivir, no se hacía de enemigos ni compraba pleitos ajenos, estuvo activa siempre, trabajó toda su vida, se jubiló, puso su tienda, se iba de paseo con los jubilados, danzaba con ellos y jamás renegó, es por eso que es (y lo digo en presente porque su recuerdo es permanente) de las personas que me gustan.
¿Por qué le cuento esto? Porque creo que si fuéramos más como la tía Luchita el mundo sería mejor, hay que encontrarle el sentido a la vida, la gracia al momento y sacarle el jugo a un buen chiste o a una broma, echarle ganas a cada paso que damos y entender que la juventud es un estado mental, no un número que contar.
¿Cuántas personas conoce que se sienten viejos con menos de 30? y del otro lado ¿cuántos ochenta añeros desbordan energía? Tuve la suerte de compartir con 4 de mis bisabuelos, varios de mis tíos bisabuelos, todos mis abuelos, casi todos mis tíos abuelos y no los recuerdo dejándose vencer, su ejemplo de vida tiene que ver con enfrentar los problemas y reírse de la vida, o simplemente “hacerle a la lucha, como lo hizo la tía Lucha”. Paz en su tumba. (O)