De cara al proceso electoral de febrero del venidero año, ya aparecen los interesados en participar, incluso varios asambleístas han demostrado interés en hacerlo, para cuyo efecto renunciarían a sus curules. ¡Qué descaro! Sus electores los eligieron para legislar y fiscalizar, para el período de cuatro largos y tortuosos años y no para que actúen como saltimbanquis, sinónimo de payasos y acróbatas, únicamente por intereses politiqueros secundarios, reñidos con el interés público.

Qué podemos esperar si no se ha resuelto el problema de la proliferación de movimientos políticos que aspiran presentar candidatos para alcaldes, prefectos y concejales. Esta realidad sólo consigue dispersar la votación y no consolida una elección con suficiente respaldo y lograr gobernabilidad. Ya pasó en Quito: el alcalde llegó con un escaso 20 %, y, al final, todos sabemos lo que sucedió y como terminó. No podemos permitir que estos escenarios se repitan por el bien de la gente.

¡Cómo se ha degradado la política! Un personaje -de esos que solo dan risa a unos o vergüenza ajena a otros-, abogado de profesión, candidato a la prefectura de la Provincia del Guayas, con claros ribetes de machismo y comportamiento de barrio bajo, ha manifestado: “Cuando yo recorro los cantones, los barrios, salen las hembras y no sacan el pañuelo sino el calzón”. Ha ofrecido disculpas por tamaña barrabasada y desafuero. ¡La embarró!, como se dice coloquialmente. ¿Se merece la ciudadanía de bien que les represente personas con semejante complejo? El movimiento Centro Democrático, por lo menos ha reaccionado y ha resuelto no presentarlo, pero en cambio será el Partido Socialista el que lo postule. ¡Qué tal!

Hay candidatos de toda índole, desde glosados por la Contraloría, hasta investigados por la Fiscalía. Es cierto que la ley establece la presunción de inocencia, hasta que en juicio se declare la culpabilidad del imputado. Pero más allá de eso, la ciudadanía, el elector, tiene la obligación de examinar cuál merece ser votado y cuál no, para ocupar una dignidad de elección popular. En otras latitudes, prevalecen ciertos principios, valores éticos y morales para postular, entre ellos, no exhibir tacha alguna. Tener “sangre en la cara”, poder mirar a los ojos a sus congéneres y respetarse a sí mismo, son requisitos sine qua non de un candidato. 

¿Hasta cuándo la gente tiene que soportar a pelafustanes y holgazanes en los puestos públicos? La culpa no solamente es de las normas electorales dictadas en tiempos del gobierno del descalabro y de las organizaciones políticas, sino de nosotros, los ciudadanos; no terminamos por entender que hay que exigir calidad en los postulantes: no más mediocres, presentadores de programas de última, vedettes de cuarta, gritones y parlanchines, payasos o ignorantes, que humillan a la gente y desprestigian las instituciones.

Titular de prensa: “Casi un equipo de fútbol habrá en la papeleta en los comicios seccionales del 2023”. Nadie les quita el derecho para ser candidatos, peor aún es motivo de escarnio, tampoco que la gente se mofe de estos aspirantes; lo que sí es condenable e irresponsable, por decir lo menos, es que los dirigentes de movimientos -de los 250 o más que existen-, los tomen en cuenta solamente por su ganada popularidad, por su hinchada, para fines electoreros. No es ético. Urge una reforma política profunda. Una de ellas sería adecuar la ley de partidos para procurar darle seriedad a la política y tener un Senado, o cámara alta, integrado por personas calificadas por su capacidad, profesionalismo, respetabilidad intelectual, donde se seleccione, filtre las iniciativas de la cámara baja, siempre y cuando su selección no sea fruto de excelente desempeño para una competencia de atletismo o de alzamiento de pesas, sino para que nos representen ecuatorianos decentes, honestos y con cierta dosis de dignidad.