Es sábado y has invitado a unos cuantos amigos de lejos, no los has visto en más de un año y aspiras tener una velada agradable con ellos. Has decorado con esmero tu casa, limpiaste hasta el último rincón, sacaste del estante aquellas copas de cristal normalmente reservadas para ocasiones especiales como ésta, pusiste el mantel bordado que te regaló tu abuela, compraste flores y las colocaste en el jarrón que compraste en tu último viaje. Te has preocupado de todos los detalles con el afán que tus visitas se sientan a gusto.
El reloj marca las ocho y empiezan a llegar tus invitados, te sientes feliz de verlos después de tanto tiempo. A medida que llegan, toman asiento en tu sala y se ponen al tanto de las novedades. De repente te percatas que hay manchas de pisadas en tu alfombra, uno de tus amigos había llegado con lodo en sus zapatos y no tuvo la molestia de limpiarlos antes de entrar. Respiras profundamente y sonríes en lugar de pensar cuánto tiempo tardaras en limpiar aquella alfombra.
Mientras conversan en la sala, otro amigo tuyo saca con entusiasmo varias botellas de licor. Aduce que una ocasión como aquella merece una celebración. Todos están de acuerdo, excepto tú porque no bebes, y empiezan a tomar en las finas copas que colocaste en la mesa.
Cuando llega el momento de la cena, vas a la cocina a preparar los últimos detalles, a lo que ninguno se ofrece ayudarte, así que eres solo tú. Tomas tu tiempo en calentar la comida y servir los platos. Para cuando todo está listo, vuelves al salón y te encuentras con el horror. Dos de tus amigos pelean enérgicamente junto a la mesa, han tirado las flores y roto el jarrón de tu viaje. El mantel de tu abuela lo sostiene otro para limpiarse el vómito. Te das vuelta y encuentras a uno orinando sobre una maceta, mientras que otros dos están haciendo tiro al blanco con tus preciadas copas. Tu casa es un desastre, está sucia, y huele terriblemente mal. Lloras de tristeza e impotencia, pero ninguno de tus amigos te presta atención. El caos continua y lo único que esperas es que se vayan.
Cuando terminan de beber todas las botellas, finalmente se despiden y prometen que volverán el año siguiente. La pena y el coraje te invaden ante tal atrevimiento, pero sabes que así será, ellos regresarán.
¿Recibirías a gente de ese tipo nuevamente en tu casa? Personas sin cultura, que no tienen respeto por tus cosas, que no te aprecian y que solo te utilizan. Estoy segura, nadie quisiera gente así.
Pero qué sucedería cuando te diga que este tipo de personas, y hasta peores, son las que normalmente visitan las playas de nuestro país. Que incluso tú también podrías estar dentro de aquel grupo de aquellos visitantes despreciables. Quizá la indignación y la molestia ya no sean las mismas, al fin y al cabo, son espacios públicos, todos merecen un descanso y el cuidado de las playas es tarea de la gente que vive allí y de las autoridades.
Empezamos este año con terribles imágenes de la playa de Salinas por altercados causados por el exceso de licor y la falta de conciencia. Este escenario no es aislado, se repite en la gran mayoría de playas del Ecuador y el impacto es mayor cuando se trata de feriados y días festivos.
Podemos buscar excusas, que no hay basureros, la falta de accionar de autoridades, echar la culpa al resto; pero lo cierto es que nosotros también somos responsables. No podemos ser ajenos a una realidad que cada vez empeora, hoy más que nunca es importante tomar acciones concretas y dar el ejemplo.
Así que la próxima que vayas a la playa con amigos o familia, procura llevar cubiertos, platos y botellas reutilizables para reducir el uso de plásticos desechables. Y por sobre todo ten como propósito recoger toda tu basura en una bolsa. Si no encuentras un tacho recolector llévatela contigo hasta que encuentres un lugar adecuado donde tirarla. No dejes la basura en la playa, hazte cargo de ella.
Si tomas estas acciones, das el ejemplo y más personas lo replican habrá diferencia. No seas igual que aquellas visitas despreciables.(O)