Francisco me hablaba tan orgulloso de los paisajes, la comida, la música, las tradiciones…, aseguraba que apenas llegara a Chile me enamoraría de su país. En parte lo fue, pero debo confesar que aquella primera vez me llevé un mal rato debido a la inclemencia del clima. Había conocido el verano y el otoño en otros lugares, pero nunca el invierno… Para mi mala suerte, mi primer contacto con esta estación fue durante la semana más fría de todo el año. Todo mi ser estaba entumido y rígido, tomaba con insistencia té y café mientras me aferraba con urgencia a cualquier fuente de calor. No había experimentado nunca tales temperaturas, mi cuerpo reaccionaba con resentimiento y por primera vez conocía lo que era una rinitis alérgica. La ropa, que en Ecuador funcionaba perfectamente para el frío, en Chile no era suficiente. Aquí conocí artículos nuevos y salvadores como calefactores, estufas, calientacamas… y comprendí la importancia de vestir camiseta, buso, saco, chompa, guantes, gorra y hasta medias nylon bajo el pantalón.  A pesar de que no hay nieve, las bajas temperaturas resultan una gran prueba de adaptación, pero más allá de mencionar los retos y dificultades ya en mi segundo invierno en Chile he aprendido valiosas lecciones.

No me cansaré de mencionar que Ecuador es un país privilegiado, donde se vive una permanente primavera, las temperaturas son agradablemente soportables, por lo que la vestimenta, comida y actividades diarias se mantienen estables en el transcurso del año. Algo muy distinto sucede aquí, ya que es importante planificar y actuar según duren las estaciones. A medida que cambia la temperatura se realizan actividades diferentes como: la poda de árboles en invierno, la peluquería del perro en verano, el arreglo de techos en otoño y los paseos en primavera… En el caso de la comida, por ejemplo, es importante considerar que existen frutas y verduras que se cosechan solo en ciertos meses; octubre es el mes de arándanos, diciembre de las cerezas, febrero de las uvas y junio de las naranjas. Durante ese tiempo suelen ser económicas y resulta la única oportunidad para congelarlas y reservarlas para lo que queda del año. La oferta de alimentos y la necesidad calórica influyen directamente en las recetas, por lo que en verano hay más jugos, batidos y ensaladas, mientras que en invierno sopas, frituras, té y café.

Con el invierno comprendí que lo más contraproducente es mantenerse estático. Porque si bien, estamos en cuarentena obligatoria y resulta tentador quedarse en cama todo el día, el frío es invasivo y llega hasta los huesos. Lo cierto es que, después de poner toda la fuerza de voluntad para saltar de la cama, el resto de las actividades son más llevaderas y a medida que se continua el día, el frío resulta soportable.

Durante estos meses, el invierno ha venido acompañado de torrentosas lluvias, por lo que hay días en los que las temperaturas descienden drásticamente y aunque resultan complejas, valen la pena por el extraordinario paisaje. Ver aquella extensa muralla de continuas montañas, escarchadas de un blanco tan limpio que se confunde con las nubes, resulta una experiencia mágica y gratificante. El frio extremo se agradece también porque las lluvias han resultado la salvación ante las extremas sequías de los últimos diez años en Chile, ahora se pueden ver los ríos nuevamente con agua y con ello mejores pronósticos para los próximos años.

En definitiva, más allá de pensar en las dificultades que implica un nuevo clima y la nostalgia que trae mi país, he aprendido a valorar y agradecer. Porque cada momento -por duro que parezca- nos invita a dejar de lado las quejas, a adaptarnos, a ser más fuertes y por sobre todo ser felices en el ahora.(O)