Es el tema de boga: una nueva Ley que propone la creación de un organismo armado que, sin depender de la policía ni el ejército, puede operar a sus anchas en el país e, incluso, comandarlos.
El oficialismo nos da una explicación aparentemente sencilla: la Policía y el Ejército no tienen capacitación específica en cuidados de dignatarios. Se nos pone como ejemplo el servicio secreto norteamericano y las agencias independientes británicas.
Claro, si en el Ecuador van a instalar algo parecido a los ‘hombres de negro’ norteamericanos, suena chévere. Pero si pensamos en que esos cuerpos armados podrían asimilarse, más bien, a las ‘SS’ hitlerianas o las fuerzas ‘Bolivarianas’ que hoy están acabando con el hermano pueblo venezolano, entonces la cosa cambia.
Verán, crear una fuerza militarizada ‘a la medida’ no es de ningún líder actual. Como hoy lo intenta el correato, lo hizo el chavismo, lo hicieron en dictaduras africanas, Hitler y, se dice, que hasta Moisés. La crítica no es la existencia misma de estas fuerzas, que en muchos casos son necesarias de manera secreta y, sobre todo, en países potentes donde sus funcionarios, básicamente, deciden el destino del mundo. Acá ese no es el escenario: somos un país pequeño en el polo más tranquilo de un continente pacífico, nuestros gobernantes escasamente son escuchados en organismos internacionales y nuestra capacidad de definir guerras o mercados es prácticamente nula.
Además, las democracias modernas exigen una recia institucionalidad. Esto significa que los organismos armados de cualquier tipo le deberán obediencia A UNA INSTITUCIÓN, no a una persona. Por ejemplo, nuestra Policía y Ejército le deben obediencia a la Constitución, y jerárquicamente al Presidente de la República, sea quien este sea y solamente en tanto se actúa en el marco de la institución principal que es la Constitución.
El servicio secreto norteamericano, por ejemplo, funciona bien porque es un organismo que protege la imagen del Presidente de su nación, y hace trabajos de inteligencia preventiva pero, contrariamente a lo que muchos piensan, ellos no reciben órdenes directas del Presidente. Es decir, funcionan independientemente COMO INSTITUCIÓN. En nuestros países sería peligroso crear un cuerpo así, cuando nuestras instituciones no son -ni remotamente- independientes y cuando el Presidente no es una institución, sino un caudillo.
Entonces debemos regresar a la única institución confiable: la Constitución; y ella dice que en el Ecuador hay dos organismos encargados de la seguridad del Estado: el ejército de la frontera para afuera y la policía de la frontera para adentro, punto. Desde aquí, cualquier actividad armada es ilegal y atentatoria, precisamente, a lo que se busca proteger, es decir, la Ley de Seguridad Ciudadana termina auspiciando la inseguridad.
Para mí, el ciudadano, no es seguro tener grupos armados secretos andando por mi ciudad, quién sabe con qué finalidad ni con qué orden. Yo prefiero una Policía profesionalizada, con mayores recursos humanos, técnicos y tecnológicos; prefiero que les quiten el chaleco de heladero y los pongan en ropa cómoda y apta para perseguir un ladrón; prefiero que los requisitos para acceder y mantenerse en la Policía sean más rígidos, que haya más oficiales entrenados en todo sentido, y menos sargentones obesos que solo ansían jubilarse.
No queremos grupos de represión. No queremos una nueva entidad armada. Queremos recuperar el respeto por nuestra Policía, queremos volver a tenerles confianza. Nada más.
Si los agentes de gobierno piensan que necesitan seguridad privada, pues que la contraten. Para cualquier efecto ya nos impusieron a la Senain, que investiga hasta lo que no es, y con esa información bien se puede mantener grupos operativos especiales en la misma Policía.
Pero, si el problema para el gobernante es que ya no confía en su Policía… pues pobre gobernante. Debe ser difícil dormir así.(O)

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