Contra todo pronóstico, hemos sobrevivido los primeros 180 días de una pandemia que nos encontró en situación económica debilitada, luego de haber despilfarrado la mayor cantidad de recursos que ha recibido el Estado ecuatoriano desde su fundación Republicana. Jamás imaginamos que podíamos estar bajo amenaza de muerte por tan largo tiempo y sin los ingresos que sustentan la mayoría de hogares con ardua labor diaria. Todo eso ha quedado atrás, marcando profundamente nuestro espíritu y nuestra sociedad, con la pérdida de vidas que se cegaron ante la impotencia de sus seres queridos y un sistema de salud colapsado y desconcertado ante el desconocimiento del mortal virus.

La Constitución de Montecristi, que ha imperado por doce años, ideada por lejanas organizaciones políticas para que dure por los siguientes 300 años, no consideró situaciones extremas como catástrofes o pandemias. Al respecto únicamente contempla la posibilidad de suspender temporalmente los derechos ciudadanos garantizados en la Carta Magna, bajo el “estado de excepción” que puede decretar el Presidente de la República, por UN período de sesenta días, y hasta treinta días adicionales. ¿Acaso pensaron los socialistas del siglo XXI que las catástrofes se someterían a su miopía?

El presidente Moreno hizo uso legítimo de esta herramienta para implementar medidas coercitivas con el uso de la fuerza pública, disponiendo la suspensión de actividades públicas y privadas, espectáculos públicos, reuniones sociales, restricción de la circulación de personas y vehículos, etc., implementadas por medio del Comité de Operaciones de Emergencia Nacional y Cantonales. Buena parte de la ciudadanía, haciendo valer su ancestral rebeldía frente al poder constituido, resolvió desafiar la autoridad y utilizó “creativamente” muchas artimañas con el fin de desobedecer a la autoridad y hacer valer su decisión de continuar haciendo uso de las libertades conculcadas.

El resultado está a la vista. El virus se ha instalado en todo el territorio nacional y sigue avanzando, dejando una estela de dolor y pobreza que afecta a toda la población, sin  distinción de clases. Se agotó el “estado de excepción” por motivo de la pandemia, como lo ha resuelto la Corte Constitucional, y no se podrán implementar las medidas necesarias frente al virus, de manera coercitiva, imponiendo sanciones pecuniarias o de otra índole por su incumplimiento. Los altos magistrados han establecido que, el tiempo transcurrido es suficiente para que las entidades y niveles de gobierno hubieran implementado las acciones adecuadas para lograr, en adelante, esos mismos objetivos “según el régimen ordinario”, es decir sin suspender los derechos constitucionales.

Ha llegado la hora de que los ciudadanos “recuperemos nuestras libertades”, aunque de manera CONDICIONAL, puesto que el virus -que no se limita a restricciones de ninguna naturaleza- puede permanecer en nuestro entorno por muy largo tiempo, si lo permitimos. Vamos a enfrentar la amenaza en “solitario”, sin imposiciones por parte de las autoridades, pero con la convicción de que nos corresponde ganar la batalla por nuestro propio bien. Nos enfrentamos al enemigo cara a cara, sin la impuesta protección del Estado. Nuestra mejor arma será la voluntad de protegernos. La sociedad está avocada a dar un giro brusco e irreversible en sus hábitos de vida. Si lo logramos, venceremos, en caso contrario, sucumbiremos.

El aislamiento voluntario o impuesto no va más, pues la economía ya no es sostenible sin trabajo. La solución está en laborar con apego irrestricto a las medidas de seguridad que conocemos. Debemos asumir este nuevo reto existencial con la misma entereza y convicción que hemos superado los obstáculos en la vida, para superarnos. Está a prueba nuestra capacidad de sobrevivencia y superación, para alcanzar los objetivos que guían nuestra existencia.

¡No arriesguemos esta preciada libertad!  (O)