Tras semanas de una rigurosa campaña cargada de entrevistas, foros, caravanas estruendosas, cientos de publicaciones a favor y en contra en redes sociales, discursos pomposos, propuestas realistas y otras fantasiosas.  Después de miles de hojas volantes, banderas, pancartas, paredes pintadas, sonrisas y poses sinceras y falsas… ha llegado el momento de la verdad.

En medio de una pandemia, los recursos utilizados han sido diversos, desde los más tradicionales, creativos y hasta maliciosos. Si en su vida cotidiana algunas personas resultaron apáticas y conflictivas, hoy como candidatos han sido más atentos, cordiales y sonrientes (a pesar de la mascarilla).  Tanto entusiasmo y motivación, resultan perturbadores y hasta sospechosos. No descarto que en medio de tan amplia oferta de candidatos haya candidatos que se cansaron de su papel de observadores y decidieron lanzarse al ruedo político con el afán de hacer algo bueno. Pero desgraciadamente hay un buen número de candidatos a quienes les convencieron de que su mayor mérito es tener algo de fama por haber aparecido en algún programa de televisión, evento social o conflicto público. No faltarán aquellos que ya sintieron las mieles del poder y anhelan volverlo a probar, aunque signifique reciclarse en otros partidos políticos.

El discurso utilizado en su mayoría es el mismo: combatir la corrupción, luchar por la pobreza, mejor educación, más empleo y muchas otras ofertas que nos llenan de ilusión, pero también sobrepasan el límite de la realidad y la lógica; la pregunta es ¿cómo lo harán?

Resulta gracioso y a la vez dramático cómo la gran mayoría de los candidatos ofrece maravillosas obras y acciones, aunque estas no estén implicadas en las funciones del cargo al que aplican. A ello se suma que han accedido a recursos propios, prestados y hasta públicos en el afán de darse a conocer. Las amistades lo valen todo, incluso para infiltrarse en eventos oficiales y clases online para hacer campaña.

El problema más grande es que todavía les creemos; nos dejamos llevar por la fastuosidad de la campaña, los rostros atractivos, los bonitos discursos, los regalos y las propuestas llenas de fantasía. El fanatismo se ha colado a la intimidad de nuestra vida personal, donde -a pretexto de apoyar un partido político- ha desencadenado una serie de disputas entre seres queridos y amigos. Donde ya no es un tema de dialogar y convencer, sino de imponer y defender ciegamente a sus candidatos. Y es que hablamos repetitivamente de libertad, respeto y democracia, sin embargo, en la práctica las diferencias ideológicas terminan en actos de violencia, juegos sucios y un odio desmesurado.

Estamos a un día de las elecciones, y no está por demás hacer un llamado a ser conscientes sobre nuestro voto. Seamos realistas, cautos e inteligentes, no basemos nuestra decisión en las propuestas fantásticas y las apariencias. Se dice que “cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece”. Nos hemos quejado hasta el cansancio del accionar de nuestras autoridades, sin reflexionar que nosotros mismos fuimos los que les dimos el poder. Surge entonces la gran interrogante: ¿qué es lo que queremos esta vez para nuestro Ecuador? (O)