Estoy convencido que a casi todos nosotros nos gustaría ser famosos, reconocidos, o al menos populares. Nos esforzamos a diario por ser la mejor versión de nosotros mismos, hacer un buen trabajo, obtener buenas calificaciones en nuestras obligaciones académicas, ser buenos hijos o buenos padres. Es obvio: somos buenos en algo y nos gustaría que los demás lo sepan y nos lo reconozcan.
Normalmente, cuando haces algo especial, la gente lo va a ver. Y te lo van a reconocer. Que es más verdad que hay muchos grandes artistas, profesionales y personas que por circunstancias poco provechosas siguen en el anonimato, esperando que alguien descubra sus destrezas.
En el mundo moderno, donde cada persona puede tener su propio canal de televisión, con redes sociales y un montón de maneras de comunicar lo que haces, hasta resulta más fácil darse a conocer. Aún así, requiere disciplina y esfuerzo. Aún para los tiktokers que se graban haciendo tonterías, y que llegan a ganar dinero por eso, hay que reconocerles la disciplina de hacerlo con frecuencia y encontrar ideas nuevas, aunque inútiles.
Lo inútil al menos suele ser divertido, y mientras genere sonrisas, sirve.
Pero al otro lado están los infames. Gente que, conforme el diccionario, carecen de honra, crédito o estimación; pero son conocidos y reconocidos. Nuestro aparato público está plagado de esta especie. Y la Asamblea Nacional, posiblemente, convoque la más notoria congregación de ellos.
Todos los conocemos, sabemos sus nombres y hasta dónde viven. Pero los conocemos por pésimos, por vagos y por corruptos. Esa es la imagen que han dado y así es como, parece, les gusta ser reconocidos. Si, les gusta, porque algún personaje de ellos hasta se ha felicitado por su mala fama. Y tampoco es que hagan mucho por limpiar su nombre.
Esta famosa Asamblea vive sus días con un promedio de un escándalo semanal. Así, como si fuera un show de televisión, hasta parece que les han contratado para interpretar el papel de absurdos. Y lo peor es que aquellos pocos asambleístas que intentar hacer labor legislativa son tratados como enemigos, se les calla, se les ataca o simplemente se les ignora.
Pero lo bueno es que les hemos visto. Si, les vimos, y les vemos todos los días en los noticieros y redes sociales, avergonzándonos. Les hemos visto, y todo el país conoce ya de su bajísimo nivel técnico y de la pobre moral que ostentan solo de dientes para afuera.
Ya ni siquiera les pedimos que trabajen por el pueblo. Nos conformamos con que no nos sigan desprestigiando. Que oculten su estupidez como mejor puedan, que tengan la bondad de renunciar y dejar a sus alternos, a ver si hacen un mejor papel. No les pedimos que tengan técnica, conocimiento, ni ganas de trabajar; solo pedimos que tengan algo de vergüenza.
Es que nuestra Asamblea Nacional, desde que se llamaba Congreso, ha sido el balde de la ignominia nacional. Pero antes, al menos no les veíamos. Hoy tenemos cámaras en todo lado. Es verdad, ya no hay ceniceros que lanzar, por esto del espacio libre de humo. Ahora se lanzan estupideces. Así de cierto: toman la palabra para soltar cualquier cosa, literalmente cualquier cosa. Hacen exhibición de ignorancia sintiéndose pavos reales con sus plumas abiertas.
En verdad deben darse cuenta: les estamos viendo.
Si ya de quienes les hemos elegido no se acuerdan, deberían recordar que tienen familias, esposas, hijos y una madre que seguramente sufren mucho al verles sonarse la nariz con las enseñanzas que se supone recibieron en sus casas. Porque es obvio que tampoco tomen en cuenta su honra personal, su buen nombre y hasta su propio futuro político.
Si, es verdad, somos malos electores y seguramente nos olvidemos de lo que están haciendo para las próximas elecciones y algunos sean reelectos. Pero hay una creciente proporción de la población que se está volviendo políticamente más consciente y que no va a olvidar tan fácil.
Por esto es que, en verdad, nada pedimos a una Asamblea Nacional que nada ofrece. Solo una cosa, en serio, por favor, tengan un poco de vergüenza. (O)