A propósito de estos eventos, en 1984 los candidatos finalistas a la presidencia de la República debatieron previo a la segunda vuelta electoral. Fue un episodio inédito en la política nacional, por la forma y contenido: interesante, vibrante y brillante intercambio de ideas entre el Dr. Rodrigo Borja Cevallos (ganador de la primera vuelta), y el Ing. León Febres-Cordero R.

En aquella ocasión -que concitó la atención de la gran mayoría de ecuatorianos-, varios de sus partidarios considerábamos que el doctor Borja no debía aceptar el debate; se argumentaba, por un lado, que ya lo había derrotado, y, que más bien, se exponía demasiado, dado el carácter fogoso e irascible que exhibía su contendor; y, por otro, que le daba una especie de “hándicap” innecesario y peligroso al Ing. Febres-Cordero. Se realizó el auspicioso y esperado debate, y, como suponíamos, fue virulento, con cruce fuerte de palabras y posturas ideológicas irreconciliables que permitió al electorado definir su preferencia. Sacó el máximo provecho el candidato que finalmente resultó Presidente (1984-1988).

Debemos destacar el espíritu democrático que tuvo el doctor Borja al aceptar el debate, pues no existía obligación legal alguna de hacerlo; mas, su conocida responsabilidad y vocación republicana primó por sobre cualquier cálculo de tipo electoral coyuntural. Fue una actitud que obviamente le honra y la historia lo ha reconocido como un hombre ilustre y responsable con el país. Esta y otras razones permitieron al doctor Borja ganar la siguiente elección presidencial. Ejerció su mandato (1988-1992) con dignidad, sobriedad, transparencia y honestidad.

En los debates organizados en Quito por el diario “El Comercio” y en Guayaquil por la Cámara de Comercio y la UEES, se escucharon las intervenciones de los actuales aspirantes. Estuvieron caracterizadas, muchas de ellas, por las clásicas ofertas demagógicas, algunas irresponsables, llenas de generalidades, vacías de contenido e incluso inconstitucionales. Nos ha llevado a la conclusión de que el país carece de líderes y estadistas, con excepción de muy pocos candidatos, que en cambio sí tienen claros los problemas y sus consiguientes soluciones.

En esta oportunidad, solo tres candidatos (Romero, Pérez y Arauz) no asistieron al debate preparado: las excusas fueron obviamente simplistas, y más olieron a miedo y temor a exponerse al ridículo, escarnio o burla del público. Lo que quedó claro es la demostración de irrespeto al electorado, que seguramente sabrá ponderar al momento de las definiciones.

En los debates oficiales dispuestos por el CNE del sábado 16 y domingo 17 de enero, ya no podía formularse excusas. Salvo tres o máximo cuatro candidatos que sí están a la altura de las circunstancias que vive el país, atendieron o respondieron preguntas y repreguntas; el resto divagó, no se ciñeron a los temas en cuestión, y, como era de esperar, se salieron por la tangente. Son personajes que más dieron vergüenza ajena. Por cierto, no reúnen elementales requisitos, cualidades y la indispensable preparación para llegar al solio presidencial, aquel que supieron ocupar con dignidad y talento: Rocafuerte, García Moreno, Eloy Alfaro (no el distorsionado por los socialistas del S XXI), Velasco Ibarra, Yerovi Indaburo. 

Esta realidad debe ser materia de análisis por parte de estudiosos, sociólogos y analistas y de los propios partidos y movimientos políticos, a fin de revertir esta cruda realidad en el corto o mediano plazo. Me atrevo a recomendar la conveniencia de que todas estas agrupaciones cuenten, de manera obligatoria, con escuelas de formación de líderes y dirigentes políticos, reclutando jóvenes talentosos, responsables, estudiosos, con sentido y vocación de servicio público, para que luego puedan desempeñar las más altas funciones públicas.

Sería ideal que se postulen inicialmente para concejales o consejeros, luego para alcaldes o prefectos. De exhibir suficiente capacidad, honestidad y efectividad en el desempeño de las funciones, podrían optar para Presidente o Vicepresidente de la República. Descartemos a los advenedizos, mediocres, vendedores de ilusiones y demagogos populistas.(O)