Hace cuatro años decía: “Hoy que está en auge hablar sobre los casos de Julián Assange y  Edward Snowden, a quienes se los considera espías por haber revelado importantes secretos de la primera potencia mundial,  creo oportuno recordar las siguientes anécdotas:

        El Espía Judío

  En octubre de 1960, volaba de Praga a Bagdad para asistir a un Congreso Mundial de Estudiantes representado a la Federación de Estudiantes  Universitarios del Ecuador. El arribo fue a las once de la mañana, hora en la que la temperatura ambiental llegaba a los 38 grados centígrados en la bella ciudad mesopotámica, escenario de los cuentos de Las Mil y Una Noches con la princesa Sherezada y su Califa. Una vez en la pieza del hotel, empezaba a abrir mi maleta cuando sonó el timbre del teléfono, al atenderlo una voz, en perfecto español, dijo: al licenciado Rubén Bravo se le necesita en la Administración, inmediatamente. Bajé y allí me esperaba el Rector de la Universidad de Bagdad -persona que hablaba español y que había estudiado en España y en Inglaterra-, y me dijo que debía acompañarle a la Central de Policía por algún problema; una vez en el vehículo, al preguntarle cual era el problema, supo decirme: “dicen que  usted es espía judío y que debe salir del país  en el primer vuelo”.  Pregunté ¿por qué me creen espía? Respondió: “porque usted se llama Rubén, el nombre del jefe de una de las 12 tribus judías..”. Le dije que mis nombres de pila eran Rubén Darío y que esos nombres los ponen en Latinoamérica a muchas personas en homenaje al famoso poeta nicaraguense Rubén Darío (Félix Rubén García Sarmiento); insistía en que yo no era judío sino ecuatoriano conforme constaba en mi pasaporte, el cual lo entregué. Cuando llegamos a la Central de Policía, entró a la oficina del Jefe de Policía y me dejó en la antesala, desde el lugar en el que me ubiqué, a través de la puerta que quedó entreabierta pude observar y oír que el Rector hablaba, gesticulaba y le indicaba mi pasaporte y que el Policía le respondía; el diálogo duró unos veinte o treinta minutos al cabo de los cuales salió el Rector y me dijo: argumenté lo que usted me dijo y ya está solucionado el problema, no tiene que abandonar el país. En el trayecto de regreso al hotel, el Rector que iba en el asiento delantero del automóvil volvió su cabeza hacia atrás y  me dijo: “pero aquí entre nos, usted si es judío, verdad?”. A lo cual no hice sino sonreír.  

   En los quince días que permanecí allí, al asistir a los diferentes eventos programados, a las sesiones y debates en el coliseo de la Universidad y hasta a una recepción en los jardines de la Presidencia, tenía la sensación de que era vigilado y de que alguien me seguía a donde yo iba.

   Posiblemente esta situación se debió a la encarnizada rivalidad entre árabes y judíos y a que el Estado Israelita, para preservar su seguridad, se valía y se vale, de toda oportunidad para infiltrar en los países árabes a informantes, espías, y al celo que tienen las fuerzas de seguridad árabes, para impedir ser espiados.  Recuerdo que, en esos tiempos, el régimen dictatorial del general Abdul Karim Kasem tenía la fuerte oposición beligerante de los miembros del partido Bath y, por otro lado, sostenía una encarnizada guerra interna con los kurdos, quienes ocupaban territorios de la zona Norte del país, por lo que a diario se veía circular vehículos con tropas por las antiguas y estrechas calles de la antigua ciudad y por la vía férrea, vagones atestados de soldados, cañones y pertrechos.

         El  Espía Alemán   Además de lo relatado, recuerdo que en el avión que nos llevaba a la capital de Iraq, viajaba un joven alemán llamado Dieter Konievsky, de contextura gruesa, cabeza grande, aproximadamente de uno sesenta y seis o uno sesenta y ocho m. de estatura, es decir el típico hombre centro europeo. Se movía por todo el avión conversando con los estudiantes delegados de los distintos países de Latinoamérica que íbamos al Congreso; de cada uno de estos países sabía todos los problemas, sus diferencias; de Ecuador sabía la rivalidad entre costeños y serranos, su forma de hablar, el problema con el Perú, etc.; es decir estaba enterado de todo; trascendía su inteligencia, capacidad y preparación.     Unos cinco o seis años después, leí en un periódico la noticia de que el ciudadano alemán Dieter Konievsky había sido condenado en Rusia a varios años de prisión, por encontrarse en actividades de espionaje.