Con nostalgia de la novena, los villancicos, la cena con pavo y las fundas de caramelos, me encontraba a la expectativa de vivir mi primera Navidad en Chile.
Semanas anteriores a la fecha, mi esposo y yo habíamos completado una extensa lista de regalos para toda la familia, principalmente para los más pequeños. No somos partidarios de los juguetes que fomentan los estereotipos, así que en lugar de princesas y barbies, nos dimos el tiempo de encontrar regalos significativos, que motivaran la creatividad y el juego. Envolvimos los regalos y los dejamos bajo el árbol, a la espera de ser entregados la noche del 24 de diciembre.
Me habían hablado mucho del “viejito pascuero” o Papá Noel y pensé que su concepción en Chile era similar a lo que sucede en Ecuador. Cuando niña no recuerdo haber creído en un personaje mágico que se escabullía en la noche para dejar los presentes bajo el árbol. Al menos en mi casa, mis hermanos y yo desde niños, siempre supimos que nuestros padres y familiares eran quienes nos daban los regalos.
Me sorprendí al confirmar que la creencia de papá Noel es una costumbre tomada muy en serio en la gran mayoría de familias chilenas. Desde la cautela con la que los adultos esconden los regalos días previos a la Navidad para que los niños no se den cuenta, hasta la inocencia y emoción de los pequeños que abren sus regalos agradeciendo la generosidad del “viejito pascuero”. Personalmente entré en un dilema muy grande, me costaba trabajo ser parte de esta tradición y fomentar la mágica farsa.
La situación empeoró cuando los niños desenvolvían con emoción unos pequeños muñecos de trapo llamados “los duendes mágicos”. Con alegría por aquel regalo, contaban la historia que aquellos muñecos eran asistentes de papá Noel y que durante las noches cobraban vida para hacer travesuras. Algo que para un adulto sería razón de horror, para los niños era motivo de fascinación. Además de los muñecos había una variedad de productos, desde prendas de vestir hasta artículos escolares. Los personajes se habían convertido en sensación en todo el país, hasta el punto de que en ciertas ciudades los padres se disputaban por los pocos muñecos que quedaban en stock y llegaban a pagar en el mercado informal incluso 3 veces más del valor normal.
Todo inició en el 2013 cuando una de las tiendas de retail más importantes en Chile creó estos 8 personajes como parte de su programa de lealtad. La historia y una impresionante estrategia de mercadeo han convertido a “los duendes mágicos” en una fuerte tendencia entre los niños. A ello se suma la complicidad de los padres, que al igual que con papá Noel, crean circunstancias en el hogar donde los duendes son los principales protagonistas. Sólo para esta campaña navideña se fabricó 1 millón de duendes, un número considerado todavía insuficiente para la gran cadena y que en los próximos años incrementará su objetivo.
Mientras los niños creen firmemente en el viejito pascuero y los duendes mágicos, yo me pregunto si estas historias de ilusión y fantasía resultan beneficiosas para ellos. Las empresas seguirán creando historias cada vez más espectaculares con tal de fomentar su interés, mientras que los padres serán cómplices de la magia. ¿Acaso se convertirán en adultos fáciles de convencer? De repente me cuestiono y veo que lo mismo sucede con nosotros y los políticos. Quizá estas historias no son tan diferentes a las nuestras. Al menos los niños tienen la inocencia propia de su edad, mientras a los adultos nos quedó la credulidad y la necedad.(O)