Para atender los innumerables y complejos problemas del país, el gobierno requiere organización, coordinación y resolución, en procura de dar atención a los problemas y a las complejas y variadas demandas de la sociedad. Para ello, el Presidente de la República nombra a sus principales y más cercanos colaboradores, para que asuman ministerios, secretarías, gobernaciones y demás funciones de alto nivel de la administración pública. Todos ellos tienen que ostentar preparación y talento suficiente para ejercer con responsabilidad los encargos encomendados.

El jefe del estado es quién lidera la administración, y, al hacerlo, emite directrices y políticas necesarias para cumplir el plan de gobierno. Para el efecto, reúne al gabinete para el seguimiento de las acciones dispuestas, y, en base a disposiciones concretas -que se supone son transversales-, busca efectividad de las mismas, asegurando por supuesto que los recursos y tiempo empleados sean muy bien utilizados e invertidos.

A su turno, los gobiernos organizaron sus ministerios y secretarías en frentes, para coordinar mejor: el interno, a cargo del Ministro de gobierno; el externo, bajo la responsabilidad del Ministro de Relaciones Exteriores; el económico, con el Ministro de Economía y finanzas a la cabeza; el social, integrado por los ministros de trabajo, educación y salud; y, el militar, liderado por el Ministro de Defensa. En otras palabras, el propósito es dar agilidad, coherencia y efectividad a las iniciativas gubernamentales

Lo importante es saber a quién contactar en el gobierno para recabar información y que la ciudadanía sepa a ciencia cierta cómo mismo marcha la administración y las medidas que se adoptan, principalmente en lo económico, social y político. Ahora bien, el presidente no puede -no debe- convertirse en el principal coordinador, peor constituirse en el único vocero creíble del régimen. El presidente tampoco debe estar en el fragor diario de la batalla política y mediática. Muchos sectores se acostumbraron a exigir hablar solamente con él para tratar sus demandas.

Exponerse permanentemente es “quemarse”, debilitarse políticamente, minar su credibilidad. Para ello, son los ministros los que deben “jugarselas” y estar permanentemente al frente y dar cuenta de sus gestiones. Se convierten por ello en “fusibles” para atenuar presiones, corregir falencias de los funcionarios que no están a la altura del cargo, les quedó grande el puesto, o no “dan pie con bola”, o, simplemente, se requiere un recambio, para “oxigenar” al gabinete.

Si bien no se requiere volver a las cansinas, insultantes y antipáticas sabatinas, ni a las cadenas nacionales repetitivas y flojas, el presidente precisa urgentemente un mecanismo eficiente, adecuado y moderno de comunicación para estos propósitos. Además, le hace falta un ministro de gobierno, que tenga la suficiente autoridad para hablar a nombre del mismísimo presidente de la república y del gobierno, por supuesto con capacidad de decisión.

De pronto, para la discusión: ¿por qué no intentar crear la figura del primer ministro –tomando del régimen parlamentario-, que emerja de un consenso con la Asamblea? Quizás esta modalidad ayude a la gobernabilidad y a facilitar el contacto del régimen con la asamblea y sectores sociales. Ya es hora de buscar un real consenso nacional que posibilite al Ecuador alcanzar mejores condiciones sociales, en un ambiente de paz, democracia y solidaridad. El objetivo sería atenuar las constantes amenazas de paralización y bloqueo al ejecutivo, limitar los debates insustanciales en la asamblea, procurar concretar acuerdos nacionales, y, dar a la oposición el espacio que en toda democracia se requiere, pero aquella racional y creativa.

Hasta el momento se ha aplicado en pocos casos el “modo fusible”, pero esto ha ocurrido porque algunos ministros no han dado “pie con bola”, más no por el hecho de haberse jugado el puesto asumiendo las responsabilidades con determinación. Consultar todo al presidente para tomar resoluciones ya discutidas y cocinadas en los gabinetes, no es propiamente ser eficientes a la hora de la verdad, sino carencia de solidez y entereza.

Muchos nos preguntamos: ¿podremos ver nuevamente en escena a un ministro de gobierno de la talla intelectual y gran capacidad de gestión política como fueron las del doctor Camilo Ponce Enríquez, doctor Carlos Feraud Blum o licenciado Luis Robles Plaza? De seguro existen y muchos con esas cualidades, pero: ¿estarán dispuestos a aceptar el reto?