Hace dos años, en medio del trajín de una mudanza apresurada y anticipada al confinamiento, tocaron a nuestra puerta… Una mujer de cabello blanco y sonrisa amable se presentó como nuestra vecina. mientras nos entregaba una pequeña carta que decía: “sean bienvenidos a su nuevo hogar” junto con sus números de contacto.

Recibimos con alegría aquel gesto y de ahí en adelante, cuando coincidíamos en el patio del frente, charlábamos un poco. Fue así que los llegamos a conocer mejor, supimos que estaban jubilados, llevaban más de cincuenta años de casados, vivían solos y su rutina se centraba en arreglar su casa y en recibir la visita de su hijo, que evidentemente por la pandemia lo hacía en situaciones muy puntuales, por lo que no dudamos en ponernos a su disposición, sea para comprar víveres o cualquier necesidad que tuvieran.

Ellos sonreían, y a pesar de nuestra buena voluntad, fueron ocasiones muy puntuales donde nos llamaron, siempre con mucho protocolo y  hasta un poco de vergüenza; insistían que no querían molestarnos. Aída, la vecina, me pedía que le regalara ramas de menta y orégano para sus infusiones, que los ayudáramos a cargar la batería de su auto o que estuviéramos pendientes de su casa las pocas ocasiones que salían fuera de la ciudad. Nosotros lo hacíamos gustosos y a medida que pasaba el tiempo, nos dábamos cuenta que algo pasaba con Mario, el vecino. Su esposa nos decía que tenía problemas de salud, pero nunca especificó qué era lo que tenía.

Una noche, a eso de las 10 pm. recibimos una llamada de Aida desesperada, nos decía que ella y su esposo estaban perdidos. Tomamos el auto y según las indicaciones que nos dieron empezamos a buscarlos de cuadra en cuadra. Los encontramos en una calle oscura, solos, cargando un pequeño bolso de compras… Una vez tranquila, Aida nos contó que esa tarde habían salido rumbo al supermercado, pero debido al tráfico y las altas velocidades de los vehículos, no se atrevieron a tomar la avenida principal por lo que dejaron su auto parqueado a dos cuadras de distancia. Hicieron las compras y emprendieron retorno, pero no encontraron su auto, no recordaban dónde estaba. Caminaron otras cuadras más, empezó a caer la noche y seguían sin encontrar su auto. Cansados y asustados decidieron finalmente llamarnos. Nuevamente insistimos que nos podían llamar para lo que fuera necesario, pero mantenían su posición de que no querían ser una molestia.

Nos desconcertó saber que estuvieron por casi tres horas caminando solos en la noche, cargados su bolso de compras, pudieron haber pedido ayuda mucho antes. Y solo cuando les resultó imposible encontrar su auto decidieron pedir ayuda. Quizá sea fue la necesidad de demostrarse a sí mismos y al resto, que aún podían hacer las cosas o simplemente fue vergüenza de pedir ayuda. No lo sé, solo me queda claro que, los años no pasan en vano y hay cosas que inevitablemente cambian. Así que los que aún estamos jóvenes podemos tener la predisposición sincera de ayudar y los que ya han llegado a la tercera edad recibir la ayuda sin tapujos ni vergüenza. Al fin y al cabo la vejez nos llega a todos y esto es parte del ciclo de la vida. (O)