La lucha de clases es un concepto que se empezó a tratar allá, por el siglo dieciocho. Maquiavelo, Rousseau y otros tantos, se dieron cuenta que diferentes facciones de la sociedad, orientadas por intereses contrapuestos, pueden llegar a generar ciertos tipos de tensiones que finalmente repercuten en cambios sociales. Y es verdad. Cuando dos facciones poderosas de la sociedad se enfrentan, pueden suceder dos cosas: o bien llegan a un acuerdo o una vence sobre la otra e impone su voluntad. En cualquier caso, las dinámicas entre esos grupos van a cambiar y eso significa cambio social.

Que existan diferentes facciones de la sociedad que tengan diferentes intereses es algo natural. Obviamente nunca estaremos de acuerdo en todo. El mejor día de la araña no es un buen día para la mosca.

Los primeros teóricos de la lucha de clases identificaron el fenómeno y se dieron cuenta que el conflicto entre intereses contrapuestos existe. Pero lo identificaban como un fenómeno social natural, no lo promovían como el camino a seguir.

Queda dicho que el conflicto es inevitable, pero también queda dicho que se resuelve por dos vías: el acuerdo o la imposición.

La vía del acuerdo en las democracias modernas significaría que se hace la voluntad de la mayoría, pero se respeta toda forma de minoría, siempre que no entre directamente en perjuicio del interés mayoritario. Es fácil: se hace lo que diga la mayoría, y cualquiera puede hacer otra cosa, si quiere, mientras no estorbe. La versión deformada de esto es lo que vivimos hoy, donde se hace lo que las minorías quieren y la mayoría tiene que ver y callar.

La vía de la imposición también puede ser democrática: se hace lo que la mayoría quiere, y nadie puede hacer otra cosa hasta que estemos de acuerdo en que así sea. No es tiranía, pero es una democracia con algo menos de libertades individuales. La versión deformada de esto es obviamente la imposición por la fuerza.

Pero ciertos grupos nos quieren vender la idea de una lucha de clases más parecida a una guerra civil que a una dinámica social natural. Para esta gente extremista, el que tiene intereses diferentes es un enemigo al que hay que exterminar en todo sentido. La dinámica social se vuelve un tema personal, y más cuando hay política electorera de por medio. Nos engañan.

Es que no hay más esa tal lucha de clases. La idea fue pensada en una sociedad de hace tres siglos atrás. Nada somos hoy que se parezca a eso. No vivimos en una época pos-feudal donde el patrón hacía lo posible por perjudicar al obrero, porque aún tenía en su cabeza el rezago esclavista. ¡No! Hoy, el emprendedor necesita reducir sus costos operativos y competir en un mercado globalizado, y los sueldos que paga son un insumo costoso. Hace tres siglos había un fuerte componente social en las relaciones obrero-patronales; hoy el tema es solo números, cuestión de costos, negocios nada más.

Ya no hay un patrón productor dueño de los medios de producción, de las cadenas de mercado y hasta de la mano de obra. Hoy hay inversionistas que arriesgan su plata en negocios que solo saldrán bien si todos cooperamos. Si las condiciones del inversionista no son buenas, si le vienen con el cuento de la lucha de clases y las conquistas sociales y no sé cuanta cosa más; simplemente no invierte. Y perdemos todos. Si le hacen huelga, cierra y se va, y perdemos todos. Igual si los sueldos son demasiado altos por mano de obra no calificada; o si los impuestos son elevados, o si los trabajadores son vagos.

Debemos entender de una vez que no hay tal lucha de clases como nos la quieren pintar los pícaros políticos. En la sociedad moderna estamos juntos y de acuerdo, o perecemos. No hay más. (O)