Los ecuatorianos estamos aterrados al conocer del hallazgo del cuerpo sin vida de una joven profesional, arrojada en un bosque alejado, de manos de su propio esposo, que vergonzosamente es un teniente de policía en servicio activo, quien agredió a su indefensa compañera de vida en las propias instalaciones de la Escuela de Formación de la Policía, donde cumplía las funciones de instructor. Este cuadro Dantesco, suena como irreal, pero lamentablemente ocurrió en nuestro entorno y con el silencio cómplice de una decena de cadetes mujeres y oficiales, que se encontraban a corta distancia y escucharon el maltrato y gritos que daban cuenta del atentado de Germán Cáceres en la habitación contigua.

No existen palabras para expresar los sentimientos de condolencia y solidaridad hacia su inconsolable madre y su inocente hijito. Elevamos nuestras oraciones pidiendo al Creador que recoja en su seno a María Belén y le conceda el descanso eterno. Esta criminal agresión es contra todas las madres de familia, las mujeres que salen adelante por esfuerzo propio, los hijos huérfanos, las más débiles que son agredidas por el más fuerte, las pobres sometidas por el poder económico, las ancianas que son maltratadas incluso por sus propios hijos. En una palabra, es una agresión contra las más vulnerables de nuestra sociedad. Nuestra solidaridad es con todas ellas.

Es momento de recogimiento y reflexión sobre nuestra realidad. Respetando el luto nacional que honra la existencia de María Belén, debemos asumir como sociedad la responsabilidad de meditar sobre lo que ocurre. Es necesario comprender la forma en que un ciudadano llega a la edad adulta y pese a su formación para proteger a la sociedad, sea capaz de masacrar a su propia esposa, sin respetar sus más elementales derechos a la vida, la seguridad y bienestar. ¿Acaso la sociedad ha fracasado desde los primeros años de vida de sus ciudadanos, impartiendo normas de conducta equivocadas? ¿Cómo podemos explicar que un compatriota, criado en nuestro medio, con nuestras costumbres, sea capaz de atentar de manera salvaje contra su propia esposa?

Es necesario hacer una pausa en la ajetreada vida que llevamos y buscar la relación entre estos hechos y la formación que reciben nuestros niños y jóvenes. Es evidente que estamos fallando en algo esencial. Los avances en la cuarta revolución industrial de mano de la informática, han servido para mejorar la calidad de vida en muchos aspectos, pero han traído de la mano la violencia indiscriminada. El poder de unos, sirve para agredir a los débiles. Los indefensos son víctimas de los atropellos de los relativamente poderosos, ante la mirada cómplice de vecinos y quienes, siendo autoridades, están llamados a impedir esas agresiones.

Aterra la idea de pensar que están deambulando en nuestro entorno personas que llevan dentro instintos criminales y puedan agredir sin piedad a otro ser humano, mediando cualquier detonante imprevisto. Produce escalofrío observar la saña con que se “ejecutan” a jóvenes que han caído en las redes del narcotráfico. Duele profundamente mirar cómo se ha difundido el consumo de estupefacientes, esclavizando a niños y jóvenes, cuyos sueños se verán truncados por las consecuencias de la dependencia que adquieren. He allí una de las causas ocultas de la agresión que aflora en nuestros jóvenes.

Ante esta dura realidad, debemos convocarnos como sociedad y tomar acciones eficaces y urgentes para detener esta ola de violencia contra mujeres y vulnerables. No se trata solamente de dictar leyes, sino incidir en el comportamiento de los ciudadanos para alcanzar una convivencia respetuosa hacia los demás. Debemos detener la violencia, como política de Estado.

¡TODOS SOMOS MARÍA BELÉN! (O)