Siempre creí tener una buena salud. Nunca me he fracturado un hueso, la mayor intervención quirúrgica fue cuando me sacaron las muelas del juicio y las peores dolencias que he tenido han sido por las impericias del clima o mis desaciertos en la comida.
Por años me he sentido orgullosa de mi rutina, de mi afán de mantenerme activa y del cuidado que pongo en mi alimentación. He sido consciente de generar hábitos saludables no por vanidad sino por el afán de envejecer con gracia y por sobre todo tener salud.
Pese a todos aquellos cuidados, mi cuerpo en los últimos meses empezó a dar leves señales. Dicen que ciertas personas se hacen más irresistibles con los años, pero en mi caso puedo decir que me he vuelto irresistiblemente crocante. Todo me cruje, las rodillas cada vez que bajo o subo las gradas, la espalda, el cuello…
La última semana del 2019 debido a las festividades fue una maratón de excesos de carne, vino, pan y postres. Me permití comer plácidamente todo lo que me ofrecían, solo por tratarse de una celebración. Hice una semana de excepción para sucumbir en las tentaciones de la comida y la bebida.
Después de ello volví a la normalidad, o al menos eso pensaba, empecé el año con nuevos propósitos y también con una leve molestia en la garganta que la relacioné con los cambios drásticos de temperatura. A medida que pasaron los días se sumaron otros malestares que no tenían nada que ver con un resfrío, sino más bien con acidez estomacal. Quedé impactada con el diagnóstico, había escuchado aquel término en amigos y familiares, y siempre lo relacioné con un tema de edad y malos hábitos alimenticios. Ahora yo también era una más de aquel grupo de afectados.
Tomé los medicamentos recomendados en el afán de volver a la normalidad, pero los síntomas persistían incluso con mayor intensidad. Decidí entonces buscar una solución menos invasiva por mi cuenta y descubrí un interesante artículo sobre los beneficios del jugo de sábila. Entonces se me vino a la mente las aguas frescas de la mañana en el parque; tenues líquidos gelatinosos vertidos en un vaso que la gente toma religiosamente todos los días. Nunca había probado aquellas aguas milagrosas, pero en el afán de volver a la normalidad estaba dispuesta a intentar cualquier otro recurso que resultara menos invasivo que las pastillas.
Tenía en mi jardín una planta de sábila que hasta ese entonces había considerado ornamental y me dispuse a prepararla en una bebida. Empecé a tomar dicho brebaje en las mañanas y noches, y me propuse que si al cuarto día no funcionaba, volvería donde el médico. Bastaron dos días para ver resultados, me sentí mucho mejor y agradecida por los poderes de aquella planta.
En base a esta experiencia, lo que menos quiero es criticar a la medicina tradicional ya que cuando las circunstancias lo requieren es importante acudir al médico y tomar medicamentos. Pero lo que sí creo es que las plantas también tienen propiedades que resultan beneficiosas para la salud, por algo nuestros ancestros, los indígenas y las abuelitas los utilizaban con tanta determinación.
Hoy en base a mi experiencia le doy más crédito a la naturaleza que a los medicamentos. Pero por sobre todo creo que es importante prevenir antes que lamentar. Nuestro cuerpo desgraciadamente no es indestructible y con los años se vuelve sensible ante cualquier exceso relacionado a la alimentación e inactividad. No podemos esperar que llegue una enfermedad para tomar conciencia de cuidar de nosotros mismos y más vale hacerlo antes. Así que invierta recursos para tener una alimentación más sana y tenga un poco de tiempo para hacer algo de actividad, con los años su cuerpo se lo agradecerá.(O)