Disney me convenció de que el amor debía ser perfecto, romántico y lleno de fantasía. La Bella Durmiente, Cenicienta y Blancanieves me persuadieron de esperar un príncipe azul que me salvara y me llevara a un palacio para ser felices por siempre, mientras un coro de pájaros y ángeles entonaba las más románticas canciones.

Por años estuve convencida de que así sería, ansiaba tener mi propia historia de amor tal y como los cuentos de hadas. Pero a medida que pasaba el tiempo, después de algunas relaciones positivas, negativas y muchas decepciones llegué a la cruda conclusión de que Disney MENTÍA. Y es que el amor va más allá de encontrar un príncipe perfecto, porque para empezar ni yo misma tenía las características de princesa. ¿Cuándo se ha visto una princesa que ame la cerveza, use zapatillas y tenga siempre el cabello enredado?

Por mucho tiempo me dediqué a buscar un listado de cualidades que consideraba imprescindible para empezar una relación. Lo cierto es que una gran mayoría de aquellos hombres que conocía, también buscaba un listado de características en mí, y en medio de aquel espejismo de perfección, fácilmente llegaba la decepción. Y es que cuando hay demasiada expectativa, fantasía y actuación, es difícil conocer el lado real de las personas, porque más allá de un conjunto de virtudes, también hay defectos y diferencias, propias de los SERES HUMANOS.

Después de ilusiones, decepciones, caídas y levantadas, desistí de aquella afanada y ridícula búsqueda, y puse mis energías en simplemente disfrutar mi vida SOLA. Me cansé de esperar ser salvada, por lo que yo misma empecé a enfrentar mis fantasmas y dar batalla a las brujas, ogros y rufianes de mi historia. Había dejado de creer en los cuentos de hadas, para creer que podía emprender mi camino sin la necesidad de alguien en mi vida. Porque, aunque no tuviera novio, el amor estaba ahí; en la incondicionalidad de mis padres, el afecto de mis hermanos, la ternura de mis sobrinos, la unidad de mi familia y la gracia de mis amigos.

Me desprendí de los cuentos de Disney y armé mi propia historia. Para empezar, conocí a Francisco a miles de kilómetros de distancia, gracias a una aplicación llamada Hater.  Después de los habituales primeros mensajes para saber cómo nos llamábamos, lo que hacíamos y de dónde éramos, pasamos a profundizar temas más sensibles y personales. Los mensajes de texto ya no fueron suficientes y empezamos a conversar no solo por minutos, sino por horas; era tal el tiempo que conversábamos que en más de una ocasión uno de los dos se quedaba dormido debido a la diferencia de horario o sino sin batería.

Debimos acomodarnos a las circunstancias y tuvimos nuestra primera cita a través de videollamada, algo que resultó innovador, pero no estuvo exento de nerviosismo y emoción. A medida que pasaba el tiempo nos conocimos profundamente, todo a través de la pantalla del celular; de manera que los mensajes, fotos y llamadas se volvieron imprescindibles en nuestra rutina. Era evidente que ya no se trataba solo de una sola amistad, y fue así que decidimos vernos. Cuando llegó el gran día, fue como si nos hubiéramos conocido toda la vida. En aquellos tres días confirmamos nuestras sospechas y emprendimos una relación a la distancia. Nuestra historia resultó tan fantástica que muchos de mi círculo cercano dudaron de su veracidad y la asociaron con algún tipo de extorsión o engaño.

Lo cierto es que estábamos enamorados, nos aceptamos mutuamente con nuestras virtudes y defectos, sin ninguna intención de cambiarnos. Más allá de las barreras del tiempo, la distancia y los malos augurios, nuestra relación creció estable y fuerte; nos convertimos en compañeros, confidentes, mejores amigos, pololos y esposos. Todo ha fluido con tal espontaneidad que las decisiones más difíciles se han hecho sencillas y los traumas del pasado se han convertido en experiencias enriquecedoras. Encontramos el encanto de compartir juntos las experiencias más extraordinarias, como viajar hasta las más cotidianas y tediosas como ir al supermercado y cortar el pasto. No es que todo sea color de rosa, también tenemos nuestros episodios cargados de enojo e impaciencia, pero juntos hemos aprendido a ceder, aceptar y pasar la página sin resentimiento o rencor alguno. Y es que no todo es bonito y perfecto, nos conocemos también en nuestros días de mal humor,  enfermedad, insomnio y falta de entusiasmo para tomar una ducha o arreglarnos el pelo.

Con mi historia he concluido que el amor no es perfecto, pero sí hace que seamos mejores personas. El amor acepta, perdona y se esfuerza día a día, no sigue un manual ni mucho menos se basa en cuentos de hadas. Cada persona merece su historia de amor, a su medida y manera.(O)