Los cumpleaños, aniversarios y demás fechas especiales me saben más agrios que dulces. No me malinterpreten, soy feliz con mi nueva vida en Chile, pero la distancia siempre hace de las suyas cuando se trata de recordar los días importantes.

Los comerciales, las tiendas y hasta mi propio trabajo me han repetido hasta el cansancio que el día de la madre se aproxima. Casi todos nos muestran mujeres hermosas en escenarios colmados de felicidad y puro amor. Mujeres salidas de un catálogo de moda, siempre felices…

Hago una retrospectiva de mi vida y noto que aquella romántica imagen no coincide del todo con lo que fue y es mi madre. Sobraron los buenos y perfectos momentos, pero también confieso que existieron episodios cargados de caos, discusiones y drama. Y es que criar tres hijos no debió ser tarea fácil. Mi padre por su trabajo debía hacer turnos: quince días de descanso en casa y los otros quince laborando. Esto significó que una buena parte del tiempo, mi madre tenía que lidiar sola con las enfermedades, travesuras y berrinches propios de los niños. Llevar en pie una casa, la comida, los trámites y además trabajar como maestra con una treintena de otros pequeños.

Siendo realistas los niños son hermosos pero también implican desafíos y dificultades, no se diga cuando crecen y se convierten en adolescentes, la inevitable “edad del burro” significa paciencia pero también firmeza. Mi madre tuvo que afrontar aquella montaña rusa de cambios y emociones multiplicada por tres, sin ningún manual, motivada por su instinto, el ejemplo que recibió de sus padres pero por sobre todo el amor.

En medio de aquellos altos y bajos,  cargados de buenos pero también de malos momentos, recuerdo a mi madre feliz pero también otras veces cansada,  malhumorada, estresada, a veces triste, pero siempre disponible para nosotros. Allí estuvo, fabricando trajes para nuestras presentaciones, ayudándonos con las maquetas y deberes, cocinando golosinas,  preparando remedios cada vez que nos enfermamos, haciendo incluso hasta de chofer… Y es que, los hijos nos convertimos en el centro de atención, y desgraciadamente muchas veces pecamos de egoístas y exigentes, creemos que las madres tienen la obligación de estar para nosotros. Nos olvidamos que las madres son personas REALES, que también tienen sueños y necesidades. Casi siempre, dejan de lado su vida para que nosotros vivamos. Entonces nuestros sueños, experiencias y felicidad en cierto modo se convierten en los suyos también. 

Ahora, en mi etapa adulta, me pregunto ¿cómo logró hacer tanto? Me pongo en su lugar y valoro todavía más, todo su sacrificio, esfuerzo y entrega durante aquellos años de infancia y juventud. Incluso ahora, que hemos crecido, sigue siendo nuestro apoyo, motivación y un gran referente de vida. A la distancia, la extraño y la recuerdo con su amplia colección de plantas y flores, su humor disfrazado de seriedad, su entusiasmo por el baile, su creatividad e ingenio y hasta su gusto por los cócteles dulces.

Mi madre definitivamente no es aquella mujer de los catálogos de revista, no calza con el estereotipo de los comerciales. Mi madre es PERFECTA con sus virtudes y defectos, con sus aciertos y equivocaciones, con sus gustos y peculiaridades, pero por sobre todo por su amor incondicional. Porque una buena parte de lo que soy es gracias a ella. (O)