Luego de haberse proclamado los resultados electorales, el próximo 11 de abril se definirá quién será el Presidente de la República para el período 2021- 2025. Como hemos visto, los dos candidatos exhiben visiones distintas en cuanto al manejo del Estado, en lo económico, político y social. Arauz se ha mostrado como un delfín ciego seguidor de lo actuado por Correa – con todas las consecuencias que aquello puede traer-, y Lasso se ha manifestado como un empeñoso generador de oportunidades y de trabajo para la gente.

Hay que tomar conciencia de lo que significan para el Ecuador las próximas elecciones ¡No podemos, no debemos, equivocarnos! Para el efecto, basta observar la triste realidad de países cercanos, y hagamos el esfuerzo de ponderar sus penosas realidades, para no cometer los mismos errores del pasado.

Como se recordará, el 6 de diciembre de 2020, los venezolanos renovaron su Asamblea Nacional. Dos de cada diez personas salieron a votar ¡El abstencionismo fue el verdadero triunfador!  Como era de esperarse, los países europeos, por unanimidad, se pronunciaron por no reconocer los “abrumadores” resultados. Similares conductas asumieron los estados latinoamericanos. Todos ellos, por considerar que carecían de legitimidad, al mantener presos políticos y desarrollarse en un ambiente antidemocrático, sin garantías para ejercer el derecho de participación.

Rodríguez Zapatero salió en defensa del resultado y pidió a la Unión Europea que cambie su posición frente a Caracas. El gobierno español (compuesto por socialistas y comunistas) no reconoció las elecciones y más bien le dieron la espalda al ex presidente, pues esta ilusa ideología ha traído pobreza a Venezuela, otrora rica y democrática. Lo cierto es que los compromisos -y roles a cumplir por los agitadores “progresistas”-, deben ser de tal naturaleza fuertes que no les queda otro camino que presentarse como escuderos del caduco y fracasado socialismo del S XXI.

Estamos igualmente mirando, con mucha tristeza y preocupación, cómo un país tan querido y admirado como Argentina, patria de San Martín, Belgrano, Alberdi, Avellaneda, Alvear, Lavalle, Mitre y otros, se encuentre transitando por el camino equivocado del populismo, sin que su gobierno repare en las nefastas consecuencias que traerá finalmente esta política.  Es increíble observar cómo algunos líderes privilegian intereses partidistas y posiciones ideológicas por sobre los de la gente.

Cuba y Nicaragua son casos muy conocidos, donde no existen libertades, justicia y democracia, y la pobreza se manifiesta de cuerpo entero. El primero sumido en total decadencia y decrepitud ideológica, sin posibilidad alguna de salir adelante; y, el segundo, con su jerarca caduco y limitado no tiene tampoco futuro. 

De ahí que, los ecuatorianos debemos examinar cuidadosamente el entorno regional y mundial para decidir el destino que queremos. No hay que mirar sólo el árbol sino el bosque, es decir, resulta vital analizar las propuestas de los dos finalistas, con amplio y responsable criterio, para no dejarse llevar por los conocidos cuenteros de profesión: gobiernan no para favorecer al país, sino para consolidar inútiles sistemas que no han dado resultado en ninguna parte del mundo.

Como cayó el muro de Berlín y la Unión Soviética se desplomó, los comunistas y socialistas totalitarios sucumbieron, y, algunos de estos ilusos fracasados, buscaron un nuevo mecanismo para seguir melando de la política, desestabilizando gobiernos democráticos, a través de la violencia extrema. De ahí devienen el foro de Sao Paulo y el grupo de Puebla.  No olvidemos los terribles eventos que sucedieron en Ecuador y Chile, donde los violentos y extremistas infiltrados destruían e incendiaban bienes públicos, iglesias, monumentos históricos, a título de “reivindicaciones”.

Escojamos y votemos bien, no hay vuelta atrás. La disyuntiva es: o caminamos por la ruta del desarrollo, del derecho, la justicia y el emprendimiento, o, penosamente, nos arrepentiremos cuando sea demasiado tarde, de haber preferido el sendero equivocado, e irremediablemente inmolarnos, sin pensar en el bienestar de nuestras familias.(O)