Todos, al menos una vez en la vida, hemos tenido un momento divertido ya sea por algún despiste, confusión o incluso por mala suerte. Debo admitir que peco de introvertida y no relato con facilidad aquellos momentos de bochorno, pero ya que estamos en cuarentena quisiera compartir con ustedes algunas de mis historias. Ya tenemos suficientes noticias sobre lo malo, lo triste y lo preocupante, así que quizá convenga dar paso al humor, dejar el miedo y distraerse. Veamos qué tal me va, ustedes serán quienes deciden, en todo caso doy mi palabra que son historias de la vida real.

Érase una vez… En mi época de emprendedora en Latacunga, cuando tenía Cunani: aquella pequeña tienda – cafetería que propios y extraños visitaban por las empanadas de morocho y el chocolate caliente. Admito que en varias ocasiones debido a falta de planificación o la demanda de ciertos platillos, se terminaban ciertos ingredientes que inmediatamente debía conseguir para cumplir con los pedidos. En aquellas emergencias enviaba a mi ayudante a comprar leche a la tienda más cercana, pedía en préstamo tomates, lechugas o cervezas a los “veci” o como último recurso reemplazaba algunos ingredientes con lo que disponía en la cocina.

En aquella travesía, en el afán de cumplir con los pedidos y dar un toque extra a mis platillos, decidí plantar albahaca, rúcula y cilantro. Me encantaba la idea que cada vez que alguien solicitara una ensalada, pudiera recurrir a las macetas y cortar los ingredientes necesarios. Debo admitir que tenía intención y entusiasmo de sobra, pero me faltaba mucho conocimiento. Me limité a seguir las instrucciones de los sobres de las semillas y esperar que la naturaleza hiciera lo suyo. Al cabo de varios días aparecieron las primeras plantas de albahaca y cilantro, mientras que en el caso de la rúcula NADA. Asumí que las condiciones no fueron las apropiadas, pero al cabo de unos pocos días tuve la grata sorpresa del nacimiento de una pequeña planta de rúcula.

Cierto día, llegó a la cafetería una pareja de franceses y pidieron una ensalada. La lechuga se había terminado y para aquel entonces las plantas estaban en tamaño perfecto, por lo que me sentí feliz de haber tenido aquella idea. Tomé las hojas de rúcula y las combiné con tomate, pepinillo y zanahoria. El resultado fue una vistosa ensalada que no dudé en explicar con orgullo a la pareja, principalmente porque la rúcula era recién cosechada. Los franceses muy contentos la probaron y la terminaron por completa. Me sentí tan feliz y esperaba con ansia repetir la experiencia.

Días después recibí la visita de mi mamá, la experta en huertos y plantas. Intrigada por mi nuevo interés en las plantas (algo que nunca se hubiera imaginado) empezó a examinar en detalle lo que había en las macetas. Para cuando llegó a la planta de rúcula, le comenté orgullosa mi experiencia con los turistas, mientras mi madre con sorpresa me decía “Esa planta es mala hierba”. Yo no daba crédito a sus palabras e insistía que era rúcula y para comprobarlo tomé una hoja de aquella planta y le di un mordisco. El resultado fue el horror, el sabor de aquella planta era tan amargo que no pude tragarlo. En efecto, era mala hierba. Me horroricé con la idea que la pareja de franceses hubiera comido esa mala hierba.

Aquella planta de rúcula que cuidé con cariño y esmero resultó ser diente de león, una planta normalmente considerada como mala hierba. Después de una búsqueda extrema en internet, para mi tranquilidad descubrí que más allá del sabor amargo, el diente de león tenía propiedades beneficiosas para la salud.

Crucé los dedos y pedí al universo que los franceses no hubieran tenido algún efecto adverso. Nunca sabré si ellos al probar la ensalada dedujeron lo que era, y más aún por qué la comieron toda. Quizá el hambre fue mayor, lo cierto es que comieron mala hierba.(O)