Por: Rubén Darío Bravo Moreno

Gracias a la poderosa magia de nuestra imaginación, al leer un libro podemos trasladarnos y estar en distintos lugares: en una ciudad, en un pueblo, en una montaña, en una selva, en el mar o en un río, en una casa o un castillo, en fin en cualquier parte, y vivir y sentir las emociones, las aventuras y desventuras, los amores y desamores,  los temores, los triunfos y fracasos que en ese libro se narran.

Así, en mi caso, cuando niño estuve en esos mundos ilusorios. Con los hermanos Grimm, conmovido acompañé a los niños Hansel y Gretel cuando su padre obligado por su mujer-madrastra les fue a dejar en el bosque para que se pierdan y tal vez mueran; les ayudé en su escape de manos de la bruja;  igual acompañé a Blanca Nieves y a la Cenicienta, víctimas de la envidia y el odio de sus madrastras; me puse las botas de siete leguas de Pulgarcito. Pasé ‘mil y una noches’ escuchando los cuentos de Scherezada, por boca de mi abuelita. ‘Tarzán de los monos’ de E. Rice Burroughs, fue mi personaje favorito, con el que anduve saltando de árbol en árbol en la selva; con Swift, estuve en los viajes de Gulliver; con Salgari, participé en las andanzas de Sandokán junto a su fiel Yánez; con Verne, bajé al ‘centro de la Tierra’, estuve ‘Siete semanas en globo’, di ‘La vuelta al mundo en 80 días’ con Phíleas Fogg  Picaporte, navegué ‘Veinte mil leguas’ por el fondo del mar, en el Nautilus, al lado del capitán Nemo, y hasta volé a la Luna. Pocos años después, gracias a H.G. Wells, fui ‘El hombre invisible’, presencié ‘La guerra de los mundos’ y estuve junto a ‘Tarrano el conquistador’. Los Dumas me trasladaron a Francia para, con D’ Artagñán y ‘Los tres mosqueteros’, ir en viaje a Inglaterra para recuperar el collar de la Reyna;  volví ‘Veinte años después’ y terminé conociendo al ‘Vizconde de Bragelonne’; estuve preso en el castillo de la isla de If, con Edmundo Dantés, que se llamaría ‘El Conde de Montecristo’, sufriendo sus penalidades junto al abate Faría, gocé de sus riquezas y saboreé la dulzura de la venganza, justa en un comienzo cruel después;  y me encontré con ‘La mano del muerto’. Ya adolescente, conocí el amor con ‘, de Dumas hijo. Con E. Zolá, L. Tolstoi y G. Flaubert viví momentos románticos, amores e intrigas en los brazos de las bellas: Naná, Ana Karenina,  Madame Bovary. Conocí con Dostoyeski, las angustias sufridas en ‘Crimen y castigo’, por Raskólnikov, su autor. Así mismo me impactaron los terribles sucesos que se dieron en ‘La guerra y la paz’, de L. Tolstoi. Por su sencillez y dulzura me encantó ‘Platero’, de J.R.Jiménez. Me indignaron la ingratitud y el abandono que sufrió ‘Papá Gorriot’ por parte de sus malos hijos, como narró H. Balzac. Mucho después, gracias a Shelley, Stevenson y Wilde, presencié la monstruosa creación de ‘Frankenstein’,  al igual que las transformaciones del Dr. Jekill y M. Hide, y del ‘Retrato de Dorian Gray’. Melville me invitó a navegar en el mar,  persiguiendo con el capitán Hajab, a ‘Moby Dick’. Los maestros Ellery Qeen, Conan Doyle,  S.S. Van Dine, George Simenon y Agatha Cristie, en sus novelas policiales, me enseñaron a investigar, me convirtieron en detective y junto a los detectives Ellery Queen, Sherlock Holmes, Philo Vance, Maigret y Hércules Poirot, investigaba y descubría a los autores de los crímenes. Con Poe, en cambio, participé en las ‘Aventuras de Arturo Gordon Pim’, tuve en mis manos el ‘Escarabajo de oro’ y oí al ‘Cuervo’ graznar incansablemente: “never more, never more”(nunca más). Viajé, a las selvas amazónicas, gracias a las novelas de J. L. Mera, de J. E. Rivera. Con Icaza, sentí la angustia y la miseria de vivir en un ‘Huasipungo’. Hace varias décadas me deleité con las vivencias de nuestros montuvios y gente del país descritas en las narraciones  de J. de la Cuadra, G. Gilbert, D. Aguilera M., J. Gallegos y A. Pareja D. y, con este, maldije el fanatismo asesino de la chusma, en la ‘Hoguera Bárbara’. De manera singular, admiré la imaginación prodigiosa en ‘Un hombre muerto a puntapiés’ y en ‘Débora’, de Pablo Palacio, el Kafka ecuatoriano. Serán unos cincuenta años que me fui a Macondo y viví ‘Cien años de soledad’, en ese lugar prodigioso, junto a  José Arcadio Buendía, su mujer Úrsula Iguarán, sus hijos Aureliano y José Arcadio II, a Amaranta Úrsula, a Prudencio Aguilar, a Pilar Ternera, etc., con el gitano Melquíades. Acompañando a todos ellos, en esa aldea en la que ocurrían cosas extraordinarias, como la lluvia durante cinco años., la increíble fecundidad de los animales de granja, el hijo con cola de cerdo, los matrimonios, los amoríos, los líos familiares, las guerras, la llegada del progreso por la vía férrea y la destrucción del pueblo fundado por los Buendía. Posteriormente concurrí a ‘La fiesta del Chivo’, para acabar con la feroz tiranía del dictador Trujillo, así como a las ‘Conversaciones en la catedral’, sin dejar de admirar y desear a ‘La tía Julia’, de Vargas Llosa. 

Esos mundos fantásticos, imaginarios que viven en las páginas de los cientos de libros que he leído, fueron realidades en la realidad de mi mente.